Las sanas intenciones de brindarle a tu hijo las herramientas necesarias para hacer de él un hombre de su tiempo, te puede llevar a caer en excesos. Dale la formación adecuada de acuerdo a su edad, pero sin olvidar la importancia de tu presencia y amor.
Ser mamá es una de las tareas más bellas, pero también implica un alto grado de exigencia, no solamente porque requiere de una completa inversión de tiempo, sino que aunado a ello hay que aplicar una gran dosis de amor, inteligencia, esfuerzo y dirección; porque tu misión es ambiciosa: formar hombres y mujeres íntegros que igual se desempeñen con éxito en el ámbito laboral como en lo personal.
En esta intensa búsqueda de “lo mejor”, resulta sencillo encontrar una y mil actividades que ayudarán a cumplir con tu propósito, pero el riesgo es alto, porque la línea entre lo que puede y debe hacer es muy delgada.
Y nosotros ¿a qué hora?
“El mismo ritmo de vida y las expectativas a largo plazo sobre los hijos, orillan a los padres a inscribirlos en un sinfín de actividades, la mayoría de las veces lo hacen con las mejores intenciones, no obstante en ocasiones no se aseguran de que sus pequeños tengan la capacidad física, el ánimo y el gusto por hacer todas las tareas que les asignan. Es así como llega el momento en que los niños pierden el entusiasmo, se sienten presionados y obligados a cumplir con las expectativas que sus padres tienen de ellos. Con el tiempo, esto termina por afectarlos en distintos ámbitos de su vida, como es en su rendimiento escolar, en la manera en que socializan con sus pares (niños de su edad) y con sus familiares”, explica el doctor Manuel González Oscoy, catedrático de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).









