Manuel Buenrostro sirviendo en el centro de la tercera edad. [Aurelia Ventura /La Opinión]
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Limitarse a soñar con un mundo mejor no ha sido nunca parte de la filosofía personal de Manuel Buenrostro. Cuando llegó a Los Angeles hace 23 años, Buenrostro buscaba como tantos otros inmigrantes un futuro mejor para su familia. Pero supo desde el principio que el bienestar de los suyos estaba estrechamente ligado al progreso de la comunidad en la que vivía.

Por eso cuando descubrió que en la escuela de primaria de Cudahy a la que iban sus hijos no había entrenador deportivo, en lugar de quejarse, decidió asumir esta tarea como voluntario.

Buenrostro se consideró afortunado de que su jornada deshuesando reses, que comenzaba a las 5 de la madrugada, terminara a primeras horas de la tarde, dejándole todavía tiempo para acudir a la escuela a entrenar a los chicos.

"Pero en seguida me di cuenta que había muchas otras áreas en que las que podía ayudar a los demás", dice Buenrostro, originario del estado de Jalisco en México.

"En aquellos tiempos, las barreras entre hispanos y blancos se notaban más", dice Buenrostro comentando que observó que muchos inmigrantes ancianos que hablaban español se sentían aislados de su comunidad.

"Ya que no puedo hacer actividades cotidianas con mis papás porque están en México, pensé que al menos podría ayudar aquí a personas de su misma generación", dice Buenrostro, quien desde hace más de ocho años dedica sus días libres a trabajar como voluntario en el Centro para personas de la tercera edad de la ciudad de Cudahy.

"Hago de todo, desde servir mesas y ayudar en la cocina, hasta bailar con ellos cuando hay una celebración", dice Buenrostro, bien conocido en su comunidad por estar siempre dispuesto a ayudar en lo que haga falta.