MIAMI, Florida (EFE).— La clave del movimiento culinario slow food (comida lenta), en permanente cruzada contra la comida rápida y de baja calidad, radica en "saber" vivir bien, es decir, en practicar una cocina sana, a fuego lento, y cultivar el placer de una sobremesa sin estrés.

Es el caso del restaurante Slims de Cincinnati (Ohio), bandera culinaria en Estados Unidos de este movimiento gastronómico, que aboga por una sublime parsimonia en los fogones y una vida más simple y respetuosa con la naturaleza.

Lo primero, en cuanto comensales, es aprender a liberarse del lastre en forma de estrés compulsivo que acumulamos; luego, recuperar el placer de "perder el tiempo" a la mesa, en alegre trasiego de vinos y platos.

En realidad, para un ferviente partidario de la filosofía que rige la denominada "comida lenta", cada día se necesitan menos cosas.

Al menos, ese es el punto de vista y de fogones del chef Patrick McCafferty, quien pilota el establecimiento con el estoicismo jovial de quien tiene en la más alta estima la sencillez y la cocina despojada de toda teatral ostentación y cacharrería tecnológica.

Un desprecio hacia la tecnología que, en el caso de McCafferty, le lleva incluso a prescindir de computadora y correo electrónico en su vida cotidiana y en el negocio. Una insolente temeridad, vamos.

"Todo refinamiento es una forma de corrupción", sentencia este cocinero que ha convertido el local también en un espacio para la exposición de pinturas de artistas locales.

Contrario a la comida basura, para mayor gloria del patrimonio gastronómico de cada región, McCafferty oferta en Slims un menú de inspiración puertorriqueña y cubana, (estupendo mofongo con camarones y salsa de ajili mojili), que entronca con la mejor tradición de la cocina criolla.