Las fresas se combinan de muchas maneras. (FOTO: Archivo/La Opinión)
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El hecho de que ya Virgilio, el poeta amigo de Augusto que tuvo que escribir 'La Eneida' sin tener la más mínima gana de hacerlo, hablase de las fresas en su tercera 'Bucólica' es, seguramente, una de las causas de que los europeos ignoren que la mayor parte de las fresas que comen hoy, que son fresones, no son originarias de Europa, sino de América.

En Europa había fresas en tiempos de Virgilio. Fresas de bosque, diminutas. Todavía las hay; pocas, pero las hay. Su aroma y sabor son incomparables. Hay, también, fresas de jardín, fresas propiamente dichas. Escasas, pequeñas, caras. Mucha gente ni siquiera las ha probado jamás. Llaman fresa al fresón, que es de la familia, que es del mismo género, pero que es... otra cosa. Más grande, pero es que mucho más grande a veces, según la variedad, y con mucho menos aroma. Pero es lo que hay.

Los fresones, lo hemos contado alguna vez, proceden de las variedades de lo que los castellanos llamaban 'frutilla' halladas en el Nuevo Mundo: en Virginia, por los padres peregrinos con los que tanta monserga dan los estadounidenses 'wasp' olvidando que los españoles se habían establecido en Florida mucho antes de que el Mayflower zarpase de Inglaterra, y en Chile. El mérito se lo apuntó, ya en el XVIII, un botánico francés llamado Jean-Baptiste Frézier, que se empeñó en aclimatar esas variedades americanas en Europa. Con éxito, hay que decirlo.

La gente toma las fresas -vamos a aceptar que sean fresas y dejar de hablar de fresones- de muchas maneras. La más popular, seguramente, es la que las combina con nata, con crema de leche, por supuesto azucarada. Es una combinación firmemente establecida y realmente afortunada. Están muy ricas con leche, también azucarada, pero dejando que las fresas, una vez lavadas y troceadas, maceren un par de horas como mínimo en la leche; las fresas quedan muy bien, pero beberse la leche dulce con sabor a fresa al final es un placer de dioses. De dioses golosos, claro.