Algunos panes son redondos con una abertura en el medio, otros simulan una figura humana, y todos tienen rostro.
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El pan de muerto es la tradición más viva en la celebración del Día de los Muertos. Si él falta, el altar y las meriendas quedarían como huérfanos.

Este manjar es un verdadero regalo al paladar, y difiere en su forma de prepararlo en cada estado de México.

En el Sur de California existen muchas panaderías donde hornean esta delicia, aunque el pan de muerto con sabor y diseño oaxaqueño seduce cada vez más al paladar de los comensales.

El pan de muerto, como otras tradiciones de Oaxaca, está acompañado de todo un ritual que, además de su importancia en el altar, representa un gesto de generosidad y respeto entre compadres.

Durante el primero o el 2 de noviembre, el compadre o los compadres visitan con el pan de muerto la casa de su ahijado y lo comparten con la familia de ambos.

¿Cuándo nace?

El pan de muertos tiene su origen en la época prehispánica en el que se consumía panecillo de maíz que era parte del banquete para recibir a las ánimas.

Existen diversas teorías sobre el surgimiento del pan de muerto que se remontan a la época de sacrificios y a la llegada de los españoles.

Según historiadores, cuando los indígenas mexicanos sacrificaban a una princesa en ofrecimiento a sus dioses, metían su corazón en una olla con amaranto y luego lo comían en señal de agradecimiento; luego de la conquista, los españoles no autorizaron esos actos y elaboraron un pan de trigo en forma de corazón bañado de azúcar roja, que simula la sangre, por lo que se cree que de ahí surgió esta tradición.

Un manjar de vivos