Miami/EFE — Por regla general, las mamás ayudan a sus hijos a crecer. Pero de acuerdo con Yarisa Echevarría, su hijo Joseph, de siete años, fue quien la hizo madurar como persona.
“El me enseñó a ser adulta y a ser madre”, expresó la joven madre cubanoamericana de 32 años. “Hasta que descubrí el problema de Joseph, yo era una joven de veintisiete años típica, sólo pensando en el auto y en las cosas superficiales...”
Todo eso cambió cuando Yarisa y Lázaro, su esposo, notaron que a partir del año y medio de edad, el chico comenzó a perder vocabulario.
“No sólo eso, también perdió interés por las cosas que antes le gustaban, y dejó de ser sociable. A los dos años de edad, era bien evidente que había un problema...”.
El pediatra de Joseph les decía a los ansiosos papás que esto era parte del desarrollo natural del niño, pero esto no tranquilizó a la joven. “Como madre, una sabe que algo no va bien”.
Con el paso de los meses, Yarisa veía, con creciente temor e impotencia, que el problema seguía avanzando. “Fue como si me robaran a mi hijo, dejando solo el cuerpo”, expresó. “Y en esos momentos lo peor es que sientes que no tienes forma de recuperarlo”.
Finalmente, un diagnóstico: Joseph padecía de autismo, un trastorno en el desarrollo de las funciones cerebrales de algunos niños que interfiere con su capacidad de comunicarse emocionalmente con las personas y de organizar intencionalmente su conducta en la vida diaria.
Inmediatamente, Yarisa y Lázaro buscaron ayuda profesional y Joseph comenzó diversas terapias, con relativo éxito.
“Pero el progreso se estancó. Entonces mi esposo y yo decidimos que yo, que trabajaba en una oficina de abogados y que jamás había trabajado con niños, pediría una licencia para dedicarme a nuestro hijo. En solo tres meses, Joseph progresó como nunca antes”.
Esto la motivó a dejar su trabajo para, durante un año, dedicarse a monitorear y ayudar a diseñar, con la ayuda de los expertos, las terapias de su hijo.
Al mismo tiempo que recibía estas terapias, Joseph asistía a un pre-escolar. Una tarde, Yarisa escuchó a Olga Ruiz, la maestra del niño, preguntarse qué harían durante las vacaciones de verano. “Aunque siempre fui tímida, propuse hacer un campamento de verano para los niños. Conseguí un local y, como me gusta la pintura, comencé a hacer cuadros y calendarios para recaudar fondos para pagar la renta. Ese verano tuvimos 19 niños, entre típicos y con autismo, y al final de esos tres meses, todos mostraron una increíble mejoría”.
Esto ocurrió en 2007 y para Yarisa fue el comienzo de la obra que se ha convertido en su labor de amor y su misión de vida. “Olga también dejó su empleo y comenzamos este proyecto que, aunque no me paga un sueldo, es lo más maravilloso que puedo hacer”.
Actualmente la escuela Learning links, ubicada en el Dave and Mary Alper Jewish Community Center en Miami, Florida, ofrece un programa diseñado no solo para educar al niño académicamente, sino para ayudarlo a integrarse a la sociedad y funcionar como cualquier otro chico típico.
“Nosotros les enseñamos que ellos pueden hacer todo lo que hace cualquier otro niño”, aseguró Yarisa. “Para mi hijo, el cambio ha sido como del día a la noche. Volvimos a tener al niño cariñoso, sociable, que disfruta de la vida. Con él, todo paso de avance, cualquier cosa nueva, es motivo de celebración”.
Pero hoy, Yarisa Echevarría no sólo celebra los triunfos de su hijo, sino los de todos los niños que asisten a Learning Links (www.learninglinksfoundation.org).
“Es como si todos fueran mis hijos”, expresó esta mamá que, contra todas las espectativas, logró vencer el silencio del autismo.