La mayoría de quienes sufren una obsesión por la comida sana o natural son mujeres; siguen dietas crudívoras, vegetarianas, macrobióticas o frutistas, y suelen tener un nivel socioeconómico medio-alto. Son personas rígidas, estrictas, muy exigentes consigo, y con rasgos obsesivo-compulsivos.
Pero en materia de alimentación "a veces las mejores intenciones, pueden tener las peores consecuencias", dice la médica nutrióloga Marta Aranzadi, porque una "dieta extrema y no supervisada por un médico puede llegar a afectar la salud y las funciones orgánicas de distintas maneras".
Cuando la dieta se vuelve más severa y excluye alimentos fundamentales para que funcione el organismo, pueden producirse situaciones de desnutrición, anemia, deficiencias o excesos de vitaminas, minerales, oligoelementos y otros nutrientes, y más riesgo de infecciones.
Incluso puede desencadenar desde intolerancias o alergias a algunos alimentos, predisposición a la osteoporosis por falta de calcio, o retirada de la menstruación, hasta problemas renales, depresión, ansiedad, hipocondría, dolores musculares y falta de energía crónica.
Comer de todo
"El aparato digestivo está preparado para comer de todo, pero al intentar que trabaje sólo con ciertos alimentos va perdiendo su capacidad de defenderse y aumenta el riesgo de sufrir intoxicaciones", dice Aranzadi.
Para el psicólogo Antonio de la Torre, la solución de las conductas alimentarias desequilibradas consiste en que la persona afectada siga una terapia psicológica y un programa de reeducación nutricional, para reequilibrar su cuerpo y mente y prevenir que vuelva a caer en esa conducta exagerada.
La intención de comer sano o mejor, la preocupación por la comida en ciertas épocas, una mayor atención a lo que se come cuando se sigue una dieta estricta, o la adopción de una alimentación vegetariana, no implican que se sufra una obsesión, pero esta actitud se vuelve patológica si se transforma en lo primordial y modifica radicalmente el estilo de vida.







