Una de las crueldades más grandes de nuestra sociedad supuestamente tan civilizada, tan religiosa, tan justa y humanitaria ocurre constantemente en nombre de la ley y el orden. Para comprender la profundidad del sufrimiento que esa crueldad cotidiana inflige a miles de personas, basta imaginarse lo que cualquiera de nosotros sentiría si un día unos funcionarios omnipotentes deciden separarnos arbitrariamente de nuestros seres queridos; así, repentinamente, como súbitos emisarios de lo trágico, arbitrario, e injusto.

Esa es la experiencia por la que muchas familias de inmigrantes pasan regularmente, en una secuencia lenta, pero implacable, cuando agentes de inmigración capturan a personas indocumentadas, en su gran mayoría trabajadores esforzados, honorables, responsables, para colocarlos camino a la deportación.

Poner fin a esos horrendos episodios de destrucción de hogares exige una reforma migratoria integral.

¡Necesitamos reforma migratoria! ¡No podemos esperar más! Debemos y tenemos que exigirla, ya mismo, ahora, lo más pronto posible.

La legalización de los trabajadores indocumentados es una necesidad inaplazable, como acto de justicia y equidad, pero también para beneficio de la economía y la sociedad en general.

El presidente Obama, y muchos otros líderes nos dieron esperanzas de que en esta administración por fin habría reforma migratoria. Pero los días, las semanas y los meses han pasado sin ningún resultado, sin siquiera un avance significativo en la dirección correcta.

Claro está que la mayor responsabilidad de las dilaciones en esta materia corresponde a la manía republicana de obstruir a toda costa cualquier iniciativa de la administración Obama; por groseras y descaradas razones políticas. Los republicanos han creado una situación de parálisis legislativa y administrativa permanente, que impide la aprobación de leyes urgentes para el tratamiento y solución de los problemas que abruman a la nación.