Burbujas
El tema migratorio está lleno de espinas. No importa por donde se le toque, molesta a unos y lastima a muchos.
No se puede tratar sin dolor…
Sin embargo hay que hacerlo y hablar claro, dejando sentimentalismos a un lado, cosa difícil cuando se trata de problemas que afectan a millones de seres humanos.
El haber politizado la cuestión migratoria impide ver la realidad. Para solucionar los problemas se parte de premisas de carácter político con mezclas raciales y sociales, y a veces hasta religiosas.
Nos gusta apoyarnos en estadísticas con números estimados y tendencias, que nos hablan con frialdad. Solo que las personas no son números, son seres humanos cada uno con sus sentimientos y problemas personales.
La migración indocumentada es un problema serio. Negarlo es tan absurdo como pensar que es causante de muchos de los males que padecemos.
Pero hay dificultad en instrumentar una ley anticuada: Cuando una persona infringe una ley, es fácil castigarla. Cuando se "estima" que son millones los que la violan, es poco lo que se puede hacer y da pie a pensar que esa ley es obsoleta e inadaptada a las circunstancias actuales.
No me gusta hacerme tonto solo. Creo que es la inmigración latina la que molesta, hay otros indocumentados que a nadie importan.
Para corregir la situación de los que están y evitar que vengan más, hace falta una ley que considere los diferentes aspecto de la inmigración; entiendo que es delicado legislar por la misma gravedad del problema y el alcance político que pudiera tener. ¡Pero habrá que hacerlo, nos guste o no!
No es posible criminalizar a millones de personas aunque su estadía en el país sea violatoria de la ley de migración.
Uno de los problemas graves que una nueva ley migratoria va a tener es que debe reglamentar las condiciones futuras bajo las cuales se puede inmigrar y resolver el problema actual, especialmente el de las familias formadas por indocumentados que viven aquí.
No puede enorgullecernos una ley para la que la unión familiar no cuenta y que, en su aplicación, separa a sus miembros, dejando hijos huérfanos de facto.
Privar a los hijos de sus padres (uno o ambos), porque los estamos deportado, es condenar a esos niños a la orfandad. Permitir a los padres que deportamos que se lleven a sus hijos nacidos en Estados Unidos —los cuales tiene derecho a estar aquí— es mandar a niños estadounidenses al exilio, a la probable pobreza, a la atención médica limitada y privarlos de la educación a la que tienen derecho.
En otras palabras destruimos su futuro. Si los retenemos aquí los convertimos en huérfanos y los internamos en un asilo en el que, por bien que los traten, nunca sustituiremos a los padres.
Eso es casi criminal hacerlo a nuestros niños, futuros ciudadanos, cuyo único pecado es el haber nacido aquí de padres indocumentados.
¿Y que de los padres a los que se separa de sus hijos? ¿Acaso no nos importa su sufrimiento?
Nosotros que pretendemos dar ejemplo de ética y moralidad en el mundo no podemos deportar a millones. Ni tenemos capacidad para hacerlo, ni podemos crear un drama humano de proporciones dantescas, aunque, por carecer de documentos, los indocumentados no tengan el derecho a permanecer en el país.
Nuestro problema tiene dos partes: los que ya están aquí y los que siguen intentado entrar sin documentos.
Para los primeros urge que la ley establezca un camino para regularizarlos temporalmente, registrar donde trabajan, viven y darles oportunidad —durante ese lapso— de salir y volver al país. De ahí a la residencia permanente y de esta a la ciudadanía hay un largo y difícil camino cuya ruta hay que definir en tiempo, actitud y condiciones.
Para los segundos hay que dar una batalla en contra de la corrupción en ambos lados de la frontera y resguardarla mejor para que ya no entren más.
Hay que separar los problemas de la demagogia. Los indocumentados no son traficantes de drogas ni son contrabandistas. Ellos pagan para ser el contrabando de otros cuyo negocio es contrabandearlos.
La frontera tiene muchos problemas. El cruce sin documentos es solo uno de ellos. Las poblaciones a ambos lados, cuya vida y economía están íntimamente entrelazadas, que viven con un pie en cada lado, están sufriendo la violencia y las restricciones. Lejos están los tiempos en que eran una sola comunidad en dos países distintos.
En una nueva ley, que tarde o temprano tendrá que promulgarse, se tendrán que establecer los requisitos para regularizar a los indocumentados. Por lo que he oído, para ello se demandara entre otras cosas: Un comportamiento honesto y decente y hablar ingles. No se trata de eliminar el español, se trata de aprender ingles.
Les aseguro que, cuando venga la reforma, quien no hable ingles no tendrá oportunidad de regularizar su situación. Tenemos que dejar de presumir de estar aquí "porque podemos", como dice un comercial. No nos hagamos tontos: ¡No podemos presumir de violar la ley!
Estamos aquí porque nos toleran, hasta que dejen de hacerlo.
Nos vemos aquí el próximo domingo para seguir hablando de este tema.
Comentarios a rodolfo.casparius@gmail.com