Incluso midiéndose según las normas de Texas, personajes gigantes como el abogado Gus García sobrepasaban toda expectativa.

De sus actos heróicos y brillantes en los tribunales aprendí gracias a los vívidos recuerdos de mi padre, José, quien fue mi primer y mejor profesor de historia. Me detallaría las varias hazañas de García, terminando cada una con esta frase para afirmar su respeto y su admiración: "Son muy pocos los hombres que viven una vida de grandeza y que dejan huellas positivas sobre la vida de otros, sobre la sociedad, y, en algunas extraordinarias instancias, sobre el mundo".

Muchas de las lecciones de mi padre tenían que ver con las experiencias de los mexicano-americanos que aún no se ven registradas en los libros de texto. En su día, la discriminación contra los latinos se daba por sentado, siendo su ejercicio abierto y desenfrenado por todo el estado. Se prohibía por costumbre a los latinos de pisar muchos salones de clase y jurados, y con rótulos depravados puestos en restaurantes, tiendas, albercas públicas, playas y servicios de aseo en Texas. En un caso, una funeraria en Three Rivers se negó a enterrar a un soldado latino, Félix Longoria, muerto en la segunda guerra mundial "porque a los blancos no les gustaría".

García volvió a surgir en mi vida el mes pasado tras un mosaico de viejas notas periodísticas, fotografías históricas y fragmentos de película del documental televisivo "A Class Apart", sobre un poco recordado caso de derechos civiles, pero que marcó un hito, que sacó a la luz el programa de PBS, American Experience. García fue el abogado principal en el caso. "No se nos consideraba inteligentes", explicó el narrador.