Me alegré al escuchar al presidente Obama reiterar, hace unas semanas en el programa de Piolín, su compromiso con una reforma comprensiva de nuestro sistema migratorio.

El presidente fue bien claro en decir que trabajará con el liderazgo congresional en Washington y con los grupos que abogan por los derechos de los inmigrantes para tener listo en los próximos meses un proyecto de ley.

Primero que nada, dijo que sigue favoreciendo una reforma "comprehensiva". O sea, una reforma que no solo legalice a la mayoría de los indocumentados, pero que también cree una visa de trabajo para que más inmigrantes puedan entrar al país a ocupar trabajos que los estadounidenses no quieren. Más aún, al decir que el borrador de proyecto será desarrollado en los próximos meses, nos quiso decir que empezará a impulsar este tema este mismo año.

Días más tarde, entusiasmado, me senté en frente de mi televisor para escuchar el primer mensaje del presidente a una sesión conjunta del Congreso. Estaba ansioso por escuchar al presidente decirle a la nación –a los millones de ciudadanos a través de la nación y a los miembros del Senado y la Cámara- lo que hace poco nos había dicho a la comunidad hispana.

Desafortunadamente, me quedé esperando. No menciono ni una sola vez la palabra "inmigración".

Sinceramente, no entiendo por qué el presidente decidió no hablarles, al pueblo estadounidense y a los miembros del Congreso presentes, sobre este tema de tan vital importancia para la nación como lo hizo en el show de Piolín.

Si la inmigración es una prioridad para el presidente, ¿por qué no comunicárselo al Congreso con el que va a tener que eventualmente negociar la reforma?