Segundos antes de visitar por primera vez un bosque de las majestuosas secoyas, poco sospechaba que en mi cerebro se iba a redefinir el concepto de belleza.

La palabra "enorme" también iba a sufrir un cambio radical. De hecho, mi visita iba a dejar una marca indeleble no sólo en la memoria, sino también en el alma.

Al entrar en el Bosque de Gigantes del Parque Nacional de Secoya y Kings Canyon, me pareció adentrarme en el Olimpo del reino vegetal, en el hogar de titanes de cientos de pies de altura y decenas de diámetro, rivalizando unos con otros en belleza, esbeltez, gracia y masiva vitalidad.

Todo esto se multiplicó al encontrarme frente al Zeus de este panteón arrancado de una fábula griega: el General Sherman, el mayor ser viviente del mundo, una secoya de 275 pies de altura, 36.5 de diámetro y más de 100 pies de circunferencia.

La majestuosidad de este coloso de unos 3,000 años de antigüedad sólo puede compararse con la maestría del diseño de sus colores, el verde profundo de sus hojas y el canela rojizo de su corteza. Después de esculpir tamaña obra de arte, la Naturaleza indudablemente se mereció descansar en sus laureles.

Esta fue mi primera visita a una de las joyas del Sistema de Parques Nacionales de Estados Unidos, la llamada "mejor idea de América". También fue el germen de mi pasión por preservar las maravillas de la Naturaleza, el regalo más valioso que podemos entregar a nuestros hijos y nietos.

Meses más tarde, mi esposa y yo tuvimos la gran fortuna de visitar otra escultura natural, pero ésta de dimensiones mucho más colosales: el Gran Cañón del Colorado, el magistral tajo que el río Colorado ha cincelado durante millones de años domando algunas de las rocas más ancestrales del planeta.