Hace años que tenía deseos de asistir a un concierto de Margie Bermejo, una artista que siempre me llamó la atención por su versatilidad y su resistencia a caer en convencionalismos o moldes comerciales. Finalmente, la oportunidad se me presentó el pasado martes en el lugar menos esperado: el museo Bowers de la ciudad de Santa Ana.

Y digo menos esperado porque en esta ciudad pocas veces tenemos la suerte de presenciar espectáculos tan originales, y de alta calidad como el de esta intérprete mexicana que, gracias al patrocinio —entre otros— del consulado de México en Santa Ana y de la organización TECMA del condado de Orange, ofreció un concierto inolvidable que nos hizo recordar a otro grande, el maestro Agustín Lara.

Acompañada por el virtuoso pianista y compositor ruso Dimitri Dudin, quien ha vivido en México durante los últimos diez años, Margie interpretó con su peculiar estilo espontáneo, lleno de colorido y sentimiento, más de una docena de las canciones más famosas de Lara, entre ellas Mi rival, Aventurera, Imposible, Nadie, Piensa en mí, Veracruz, Arráncame la vida, Azul y Farolito.

Fue un recorrido fascinante por el mundo romántico y poético de Lara en el que Margie intercaló la música con anécdotas históricas de El Flaco de Oro, como aquella de que, en el ocaso de su vida, presumía que a pesar de su fealdad había sido muy afortunado con las mujeres al grado de que sus manos habían quedado apergaminadas de tantas caricias que había prodigado.

Margie, quien ha incursionado en géneros tan diversos como el jazz, el folclore mexicano y el tango, me dijo al final del concierto que la respuesta del público hacia este homenaje que le rinde a Lara ha sido muy buena no sólo en México sino en el extranjero porque la inspiración y poesía del desaparecido compositor veracruzano simplemente no tienen comparación.