La humanidad está en mora de reconocerle al semáforo su aporte al mejoramiento del paisaje femenino. En cada parada, un ojo trasnochado en la trastienda, se vuelve seductor, apasionado, "alentado, mortal, difunto, vivo": todo depende del delineador que se le aplique, o de la sombra que lo cobije.

Entre un semáforo en verde y otro en rojo, el pintalabios le dará a la boca el estatus de mujer fatal que la bella necesita para conquistar.

Si desea el aire de una ejecutiva echada pa'delante, el próximo semáforo le brindará la ocasión de acentuar el maquillaje.

Sea en autobús o en carro particular, la mujer, convertida en cirujana estética de sí misma, aprovechará hasta el máximo esos pedazos de eternidad que son los semáforos para echarse sus polvitos.

En el viaje al trabajo, tienen el tiempo preciso para untarse el perfume "por si me besa, por si me abraza, por si las moscas".

Esta es la metafísica erótica del eterno femenino cuando marcha camino de la oficina.

El estrés matinal de ellas oscila entre el temor por llegar tarde y el afán por adicionarle al rostro, a punta de cosméticos, lo que natura de pronto negó. O dio avaramente. Dentro de la lógica femenina no es cierto aquello de que natura no da lo que cosméticos no prestan.

Al contrario: sobre esa base funcionan las multinacionales de la estética. De otra forma entrarían en ruidosa bancarrota.

(Los hombres también somos vanidosos. Y harto. Ellas cargan la fama y nosotros la lana. Nosotros pasamos agachados pero también al espejo pasamos diaria revista al estado de nuestras arrugas. Miramos y remiramos nuestro perfil como si observándonos al espejo mejoraríamos la fachada El espejo sabe más que un confesionario y que la Compañía de Jesús juntos. Si ese betamax de pared hablara de lo vanidosos que somos los del sexo feo, no quedaría títere con cabeza).