Reflexiones
La humanidad está en mora de reconocerle al semáforo su aporte al mejoramiento del paisaje femenino. En cada parada, un ojo trasnochado en la trastienda, se vuelve seductor, apasionado, "alentado, mortal, difunto, vivo": todo depende del delineador que se le aplique, o de la sombra que lo cobije.
Entre un semáforo en verde y otro en rojo, el pintalabios le dará a la boca el estatus de mujer fatal que la bella necesita para conquistar.
Si desea el aire de una ejecutiva echada pa'delante, el próximo semáforo le brindará la ocasión de acentuar el maquillaje.
Sea en autobús o en carro particular, la mujer, convertida en cirujana estética de sí misma, aprovechará hasta el máximo esos pedazos de eternidad que son los semáforos para echarse sus polvitos.
En el viaje al trabajo, tienen el tiempo preciso para untarse el perfume "por si me besa, por si me abraza, por si las moscas".
Esta es la metafísica erótica del eterno femenino cuando marcha camino de la oficina.
El estrés matinal de ellas oscila entre el temor por llegar tarde y el afán por adicionarle al rostro, a punta de cosméticos, lo que natura de pronto negó. O dio avaramente. Dentro de la lógica femenina no es cierto aquello de que natura no da lo que cosméticos no prestan.
Al contrario: sobre esa base funcionan las multinacionales de la estética. De otra forma entrarían en ruidosa bancarrota.
(Los hombres también somos vanidosos. Y harto. Ellas cargan la fama y nosotros la lana. Nosotros pasamos agachados pero también al espejo pasamos diaria revista al estado de nuestras arrugas. Miramos y remiramos nuestro perfil como si observándonos al espejo mejoraríamos la fachada El espejo sabe más que un confesionario y que la Compañía de Jesús juntos. Si ese betamax de pared hablara de lo vanidosos que somos los del sexo feo, no quedaría títere con cabeza).
Pero sigamos con las mujeres y sus relaciones con el semáforo, cocuyo de la ciudad, luciérnaga de cemento.
Cuando se pone en amarillo el semáforo, las que conducen y se embellecen se salen de casillas porque una milésima de segundo después ya sintieron sobre su frágil oído el pito estridente del sujeto que se desespera detrás de ellas. Mientras interrumpen su tarea de pintura de brocha frágil sobre su cara, sueltan una retahíla contra la responsable del árbol genealógico del que está acosando.
Que no falten las miradas constantes y sonantes al espejo retrovisor convertido matinalmente en espejo de pared. Poco a poco, el semblante de la dama va cambiando a medida que los cosméticos van haciendo su agosto en cachetes y alrededores. "Voy quedando mejorcita", le dicen al vecino, o a nadie, que vaya a su lado. Lo importante es darse ánimo. Y hablar.
Muchas mujeres sienten de pronto la incierta sensación de que, estéticamente, ese día se levantaron de recoger con cuchara. Entonces triplican la dosis de delineador, si a los ojos no les ha tocado aún esa cuota.
De la torre de Babel que es la cartera femenina pueden sacar en cualquier momento, aprovechando otra escala del semáforo, un depilador para borrar del mapa algún pelo que esté en fuera de lugar.
Las hay que han logrado distribuir tan bien su tiempo entre la casa y la oficina que todo lo tienen fríamente calculado: base en la calle tal con la carrera tal, arreglo de ojos en el semáforo de equis calle, pintalabios en aquel cruce, rubor frente al monumento del prócer mengano, pestañina donde atracaron a perencejo, perfume cerca de la oficina para llegar oliendo rico.
Ya era hora de reivindicar la importancia del semáforo en la buena marcha de la productividad. Porque si ellas llegan bellas y provocadoras a la oficina, el que suda plusvalía trabajará más.
De regreso a casa, adiós semáforo. Se le detesta, simplemente. El aliado de la mañana es su enemigo mortal en la noche. ¿Quién se acuerda de poner en orden la caballera? Nadie. El afán es llegar pronto para descansar hasta el otro día cuando las multinacionales de los cosméticos volverán a hacer de las suyas en sus rostros. Coquetería, ¡mujer te llamaría!, dicho sea shakesperianamente.
Óscar Domínguez G. escribe desde Bogotá, Colombia. oscardominguezg@etb.net.co