Ver el mundo político de México desde aquí, ver el de los Estados Unidos desde allá y tratar de compararlos es un ejercicio por demás interesante.

Ambos países son repúblicas con Estados independientes y tienen problemas económicos y de desempleo, pero la actitud pública ante la política es totalmente diferente.

Hay corrupción en ambos lados. Una, la de México, más generalizada, más visible y abiertamente comentada y criticada.

La de aquí es de alto nivel, de cabildeo, de combinaciones financieras o políticas bajo la mesa, de aportaciones indebidas a cambio de futuras ventajas.

Claro que en ambos lados abunda la gente honesta…

En México hay una gran división entre gobernantes y gobernados y un absoluto desprecio por la clase política, especialmente diputados y senadores, que se traduce en sangrientas y constantes críticas.

En México la política sirve para hacerse rico y tener privilegios que el resto del pueblo no tiene, ni sueña en poder tener.

Aquí ser rico sirve, en muchos casos, para buscar y lograr el poder, o influir en las acciones políticas, aportando recursos que se "agradecen" en alguna forma futura.

Aquí el pueblo está dividido en dos partidos: El republicano y el demócrata y, al margen, los que nos consideramos independientes.

Los integrantes de ambos partidos se combaten ferozmente aunque, si se analizan sus posiciones a fondo y sin pasión, tienen más en común que las diferencias por las que se atacan —a veces hasta con odio.

Su actitud política es clásica: Hay que oponerse a todo lo que los del otro partido pretenden hacer solo que, al paso de la historia, hoy defienden lo que ayer atacaban y viceversa. ¡Pero su guerra es partidista a destruirse, pero sin destruir el país!