El Presidente Barack Obama llegó al poder en medio de una gran recesión, un colapso financiero, dos guerras y expectativas tan altas que ya hubiera sido difícil cumplirlas en las mejores de las condiciones.

Si bien es normal que el partido en la Casa Blanca pierda escaños en las elecciones legislativas intermedias, el desgaste del mandatario parece ser mayor que el acostumbrado. El alto desempleo, la tendencia del sector empresarial de no contratar por los empleos recortados y de la banca de no relajar el otorgamiento de crédito al sector privado, hace difícil la recuperación económica, la cual es la principal preocupación de los estadounidenses.

La dinámica de consenso que Obama quizo establecer en D.C. , se estrelló con la estrategia republicana de bloquear las iniciativas presidenciales.

Como si eso fuera poco, Obama debe todavía lidiar con las dudas tontas sobre si es musulmán o si nació en Estados Unidos.

De todo modos, en menos de dos años se detuvo la caída economica, se aprobó una reforma de salud y de Wall Street. En ambos casos Obama mostró un pragmatismo como para desmentir la otra repetida estupidez, la del socialismo.

Todavía hay una lista de pendientes como la reforma migratoria. La falta de acción es frustrante y la responsabilidad es compartida por todos en Washington.

Hemos criticado a la Casa Blanca en este tema, pero no se puede avanzar en este área sin un respaldo republicano mínimo, que nunca existió en realidad. Que quede claro, es absurdo pensar que un Congreso con más integrantes republicanos ayudará a pasar una reforma integral de inmigración con todos su componentes.



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