Desde ataques bajos al presidente Barack Obama y al ex asesor presidencial Van Jones a la juez Sonia Sotomayor, el ala derecha del Partido Republicano ha demostrado claramente que está totalmente comprometido con alimentar la división racial como parte de un programa político.
Estamos acostumbrados a que los republicanos ataquen a los demócratas y viceversa. Pero el uso del temor racial que ha caracterizado las campañas recientes y las críticas contra los líderes hispanos y negros es inaceptable. Los republicanos deben repudiar el racismo incipiente que amenaza con extenderse por todo su partido. Los demócratas tienen que mantener su postura en contra de este fanatismo y no cederle un ápice de terreno a la discriminación racial y cultural de los fanfarrones.
A principios de este mes, vimos a un congresista republicano pasarse mucho más allá del aceptado discurso político, y ser censurado oficialmente por el Congreso. En medio del discurso de Obama sobre la reforma de salud, el representante Joe Wilson le gritó al presidente que era un mentiroso. Es difícil imaginar que Wilson, quien fuera apadrinado por el segregacionista Strom Thurmond, mostrara una falta de respeto tan evidente hacia un presidente blanco.
Antes de esto, el comentarista de la cadena Fox, Glenn Beck, atrevidamente afirmó que Obama siente un profundo odio por los blancos, ganándose así un masivo boicot contra su popular programa de televisión. Beck reaccionó al boicot con el lanzamiento de una campaña de desprestigio en contra de Van Jones, un asesor de la Casa Blanca sobre el medio ambiente. Antes trabajar con el gobierno, Jones fue co-fundador del Color de Cambio - la organización que lidera el boicot contra Beck.
En manifestaciones, líderes y comentaristas republicanos han alimentado el racismo, en vez de denunciarlo. En la tal manifestación llamada "fiesta del té" han aparecido numerosos carteles con mensajes ponzoñosos y estereotipos racistas.
La vergonzosa verdad es que la derecha racista tiene un problema con la gente de color con poder. Para ellos, un afroamericano, un hispano o un asiático que logre una posición importante no representa un paso hacia el cumplimiento de la promesa americana. En cambio, lo perciben como una invasión a la América "pura" del pasado imaginado.
Esta actitud racista se hizo evidente en la línea de ataque utilizada contra Sonia Sotomayor. En las distorsiones de sus discursos y de su trayectoria, la mayoría de los republicanos trataron de enmarcarla como un peligro para los blancos. Insistían en que, cuando se trata de la ley, su experiencia de vida, como una mujer de color en América, era apartada y desigual, y no válida.
Lamentablemente, en lugar responder a una estrategia cada vez más racista, los demócratas y la Casa Blanca han optado por no luchar. Dejaron que Jones, un asesor progresista sobre la calidad del medio ambiente, se marchara. Permitieron que el racismo abierto en las marchas de Beck pasara sin ser enfrentado.
Ceder a la insolencia de los fanfarrones racistas que apoyan a Beck jamás debe ser una opción ya que ésta no funciona. Son insaciables. Se niegan a aceptar nuestra validez como plenos participantes en la sociedad estadounidense.
En cambio, republicanos y demócratas responsables, en particular líderes del Congreso, la presidente de la Cámara, Nancy Pelosi, y el Líder de la Mayoría del Senado, Harry Reid, tienen que mantenerse firmes y hablar claro contra las campañas divisorias y racistas.
Este editorial se está publicando de forma simultánea en publicaciones latinas y afroamericanas a lo largo del país ante la urgencia del momento en las relaciones raciales