El ataque contra una estudiante de secundaria en Richmond, California, es un retrato espantoso de una realidad de nuestros tiempos. La violación perpetrada contra la menor por un grupo de individuos durante varias horas casi en la puerta de la secundaria sin que nadie intervenga o avise a las autoridades demuestra una preocupante desconexión social.
El horrible incidente tiene muchas aristas por donde ser analizado. Algunos alumnos mencionan la prevalente falta de seguridad en esa escuela en comparación a otras similares. Ellos recuerdan los cuatro oficiales de seguridad que no hicieron nada al ver un grupo sospechosos de individuos.
También puede argumentarse con razón la falta de sensibilidad que crea entre los jóvenes un ambiente social que exalta la violencia a través de los medios, especialmente contra la mujer.
Muchos se puede decir de la conducta de los autores de este crimen horrible. Lo difícil de aceptar es la ausencia de un buen samaritano que llame a la policía al ver que se está cometiendo una violación múltiple. Los reportes indican que numerosas personas pasaron por el sitio público donde se cometió la violación y que algunos usaron su celular para tomar fotos, pero no para denunciar el que se esté cometiendo un delito.
La ley de California no exige que un testigo de un delito lo deba reportar a las autoridades. La conciencia y los básicos valores sociales son los que deben obligar a hacer lo correcto.
El caso de Richmond es inquietante. Muestra una sociedad violenta, insegura y poco solidaria. La culpa de ello la tienen los agresores y los que se quedan callados y pasivos ante el crimen.






