La elección en California tuvo dos caras. Una de orgullo por una gran mayoría que eligió al que será el primer presidente afroamericano de EEUU. La segunda es la vergüenza de cambiar la Constitución para imponer prohibiciones a los derechos de una minoría de californianos.

La aprobación de la Proposición 8 que limita arbitrariamente la definición de casamiento a ciertos valores religiosos, restrictivos y excluyentes es una página negra en la democracia de nuestro estado.

Los votantes californianos le otorgaron derechos a las gallinas, a los cerdos y los terneros en esta elección. También se interesaron en aprobar infraesctura material, pero la mayoría dio la espalda a la hora de defender los derechos de las personas.

Siempre defendimos el voto popular en la democracia, pero cuando la intención es atacar los derechos de una minoría, este se transforma en una tiranía de las mayorías. A lo largo de la historia de nuestro país hay muchas páginas negras donde las mayorías apoyaron al racismo, la segregación y la discriminación. Los tribunales fueron eventualmente la última defensa. En California ni siquiera eso logró frenar el fundamentalismo.

El temor y la intolerancia fue el triunfador en esta iniciativa. Se dijo falsamente que el matrimonio y los niños están en peligro. Si la familia tradicional es una institución debilitada no es por los homosexuales, como tampoco son los responsables de los valores que los padres inculcan a sus hijos o dejan de hacerlo.

Los valores religiosos-morales son respetables, pero no son uniformes en un estado tan diverso como California. Es una tragedia cuando estos son intolerantes y pretenden ser universales.