Hace 40 años vimos el desembarco del hombre en la luna en casa de una estudiante de piano que acariciaba una tecla y le respondía Chopin. O un bolero de Manzanero. Llegamos a la velada con nuestra dosis personal de ron y maní. La histórica ocasión ameritaba hacer semejante inversión, así nos quedaramos sin el pasaje para el regreso a casa en bus.
Habíamos descartado que nuestras virginales anfitrionas nos invitaran a pasar la noche en casa celebrando la llegada al Mar de la Tranquilidad de Armstrong y Aldrin.
Pero no hubo reciprocidad por las compras hechas. Ni en la luna para la Nasa, ni en tierra para los amigos. Esperábamos más del alunizaje de Armstrong y Aldrin, el eterno segundo en descender. Y el segundo es el primero de los derrotados. Aldrin confesaría después que decidio hacer pipí en la luna para tener un record exclusivo.
Los extraterrestres no quisieron aprovechar la ocasión para mostrarse. Además, la frase que pronunció Armstrong para adobar el acontecimiento fue de lo más simple: "Es apenas un paso para el hombre…". Semejante viaje para salir con ese chorro de babas es increíble. Pero desembarcaba un astronauta, no Faulkner, quien se habría dado opíparo banquete literario.
Armstrong habia ensayado frente al espejo la frase que pronunciaría. La repetía y repetía. De pronto le cambiaba de sitio a las comas. O escogía un sustantivo más atractivo. Cuando tuvo lista su frase se la leyó a su mami con la petición de que no la compartiera con sus amigas de costurero. "Tu sabes, mum, como es la lengua de las mujeres". Mamá Armstrong guardó el secreto. Sólo la compartió con su mejor amiga y esta con la suya, etcétera.
La frase tampoco le produjo a mamá Armostrong frío ni calor pero era demasiado para un nino que jugaba futbol americano todo el día. Las tareas, que esperen.
Me preocupaba que los dos "hombres-nevera" que habían alunizado se quedaran allí para siempre, con sus trotecitos femeninos, lejos de la hamburguesa y su carnal la Coca-Cola. Menos mal para ellos el altruista hombre con apellido de cóctel (Collins) que los esperaba a bordo, dio vueltas a la manzana infinita y regresó por ellos. Este Collins merece estatua en la luna. Si alguna vez regresa el hombre. No ha sido capaz de repetir alunizaje. Fue el único que no vió el alunizaje. El solitario pidió que le guardaran un video. Houston dijo si.
Aquel acontecimiento no fue un simple caso de policía con flagrante robo de suelo lunar. Era una batalla de egos entre la Unión Sovietica y Estados Unidos. Con su primer vuelo espacial, Gagarin la había sacado del estadio. Con el alunizaje, los "hermanos pudientes del norte", como los bautizó el general Torrijos, la sacaron de la tierra. "Vénganse ya", clamaba, angustiada, la pianista, mientras mi amigo y yo despachábamos el ron y el maní.
Esa vez nos sentimos importantes. Haciendo historia. Llegar hasta un lugar al que le ladran los perros y le cantan los poetas, no era ninguna pera en dulce. Y eso ocurría ante nuestras narices. También fue un triunfo de nuestros egos.
Pero hubo otra frase pronunciada por Armstrong al momento del desembarco que ha tenido poca prensa. Solo la conocemos los ratones de la biblioteca Google. "Buena, suerte, Mr Wilson", dijo Armstrong esa noche lunáica. Iba dirigida a un vecino suyo que le había pedido a su esposa algo que no figuraba en su kamasutra. Ella reviro: "¿Sexo oral, darling? Sólo cuando el hijo de la vecina desembarque en la luna". La frase se la escuchó Armstrong a la señora Wilson una tarde que fue a recoger en su jardín la pelota de fútbol… Para alegría y desencanto de muchos, los astronautas regresaron a tierra mientras mi amigo y yo abandonábamos la casa de nuestras zanahorias amigas, antes de que nos dejara el último bus de regreso a casita.
Comentarios a: oscardominguezg@etb.net.co
Hace 40 años vimos el desembarco del hombre en la luna en casa de una estudiante de piano que acariciaba una tecla y le respondía Chopin. O un bolero de Manzanero. Llegamos a la velada con nuestra dosis personal de ron y maní. La histórica ocasión ameritaba hacer semejante inversión, así nos quedaramos sin el pasaje para el regreso a casa en bus.
Habíamos descartado que nuestras virginales anfitrionas nos invitaran a pasar la noche en casa celebrando la llegada al Mar de la Tranquilidad de Armstrong y Aldrin.
Pero no hubo reciprocidad por las compras hechas. Ni en la luna para la Nasa, ni en tierra para los amigos. Esperábamos más del alunizaje de Armstrong y Aldrin, el eterno segundo en descender. Y el segundo es el primero de los derrotados. Aldrin confesaría después que decidio hacer pipí en la luna para tener un record exclusivo.
Los extraterrestres no quisieron aprovechar la ocasión para mostrarse. Además, la frase que pronunció Armstrong para adobar el acontecimiento fue de lo más simple: "Es apenas un paso para el hombre…". Semejante viaje para salir con ese chorro de babas es increíble. Pero desembarcaba un astronauta, no Faulkner, quien se habría dado opíparo banquete literario.
Armstrong habia ensayado frente al espejo la frase que pronunciaría. La repetía y repetía. De pronto le cambiaba de sitio a las comas. O escogía un sustantivo más atractivo. Cuando tuvo lista su frase se la leyó a su mami con la petición de que no la compartiera con sus amigas de costurero. "Tu sabes, mum, como es la lengua de las mujeres". Mamá Armstrong guardó el secreto. Sólo la compartió con su mejor amiga y esta con la suya, etcétera.