La primera vez que anduve todo un día escribiendo en computadora, en la noche me fui a dormir viendo letras. Cerraba los ojos y las sentía brincar. Como pequeñas luces, formaban desfiles bajo mis párpados. Eran una feria de imágenes diminutas apretujándose entre mi memoria y mi olvido. Algo por el estilo me sucederá hoy, cuando por fin pueda buscar los sueños en un lugar fuera de cuatro paredes. Bajo mis párpados bailarán baños, pisos, alfombras, cocinas, ventanas. Todas estas cosas puestas en inglés, pronunciadas con el acento de cien distintas lenguas madres habitando una ciudad heterogénea como la palabra misma.

Empezamos a las nueve de la mañana y apenas a las siete estábamos volviendo al hotel tras once edificios, treinta y un departamentos y varios personajes inolvidables mezclados con algunos a los que uno quisiera enviar al arcón de los olvidos definitivos. Comimos un atún con cuatro verduras, subimos al cuarto del hotel por media hora al cabo de la cual con la sensación de haber perdido un tiempo precioso volvimos a salir rumbo a la compra del teléfono celular y otras urgencias.

Yo vivo zangoloteada por mil trifulcas, pero no siempre como en los últimos días. Apenas era ayer cuando vimos el primer loft, --qué palabra horrorosa y ambigua para nombrar un lugar ambiguo como un cuarto alargado sin pies ni cabeza. La puerta y a la izquierda un baño, a la derecha una cocina, al fondo lo que debe considerarse un cuarto de cama, porque lo que se llama recámara sí que no existe. ¡Loft! Hay muchísimos, pero a todos les falta algo o algo les sobra.

En mis tiempos, que eran rápidos, uno le pensaba un día a un novio con el que pasar media noche, ahora hay que pensar en un día en qué lugar estacionarse por dos años.