Sin fronteras

Resulta más fácil convencer a Celine Dion que cante a dúo con Paquita la del Barrio que lograr que los líderes de gobiernos latinoamericanos forjen una alianza subcontinental que defienda sus intereses comunes.

Es casi equivalente a mezclar agua con aceite. En la jungla política de Latinoamérica sus personajes son tan disímiles que una fusión de esa magnitud es como mínimo inimaginable.

Pero el peor intento es el que no se hace. Esto al menos sí lo tienen claro los dirigentes regionales y a esa tarea se abocaron con relativo éxito durante los dos últimos días en Cancún durante la pomposamente llamada Cumbre de la Unidad de América Latina y el Caribe.

El quid del asunto no es que nuestros cabecillas políticos no quieran una unión. La clave está en qué implica para cada uno de ellos este acuerdo.

Y allí es donde salta al escenario un abanico ideológico tan variado que al final, como en esta ocasión, el resultado no pasa más allá de una declaración de buenas intenciones.

Para muestra un solo botón. Apenas en los albores del evento un choque verbal entre el venezolano Hugo Chávez y el colombiano Alvaro Uribe estuvo a punto de arruinar la cita presidencial.

Esto no es nuevo. Solo que en estos encuentros la verdad sale a la luz, monda y lironda. Chávez y algunos de los que le hacen coro, sueñan con una Latinoamérica que sea una copia al carbón de Cuba y por supuesto de Venezuela.

Y no es que Cuba sea el engendro del mal ni nada por el estilo. El régimen de La Habana ha cosechado logros, al menos en el terreno social, que son un referente en América Latina.