Actualidad política
Lo que colmó mi paciencia fue un artículo en un importante blog de noticias sobre las declaraciones de una de las múltiples amantes de Tiger Woods respecto a las dimensiones de una parte de su cuerpo del golfista, que resulta vital, ya no para jugar ese deporte que lo ha hecho millonario y ultra famoso, sino para jugar otras cosas que amenazan con destruir su carrera. También supe, leyendo unos pocos párrafos, donde le gusta hacer el amor a Woods, también que no sólo es bueno para el golf sino para las actividades extracurriculares y de qué color le gustan las pantaletas.
En estos días la historia de Woods ha consumido buena parte de la atención de los medios y de las noticias. Es jugosa, es humana, nos da la satisfacción de ver caer a alguien que idealizamos pero a quien en el fondo queremos ver en el pozo de los mortales, donde estamos todos los demás. Además la historia también tiene morbo, es entretenida y vende. ¿Cuál es el problema?
La semana pasada, la historia preferida fue la de la pareja que se coló en una cena de estado en la Casa Blanca y de cómo lograron charlar y sacarse fotos con medio mundo, incluído el Presidente. Es entendible que el tema sea noticia, ya que sin duda está en juego la seguridad del Presidente y el acceso a la Casa Blanca no es cosa fácil pero honestamente creo que vi tantas historias sobre la pareja arrocera como sobre Afganistán, y con pocas respuestas: más o menos la misma nota llamativa con las fotos de los socialités en gran palique con el presidente, o el vice presidente o el jefe de gabinete, etc. Nada nuevo en la historias después de días de reporteo. Sólo morbo y más morbo sobre como puede alguien colarse a una fiesta de esas exclusivísimas con el residente más importante de Washington, así como para darle ideas a unos cuantos locos.
Hace unas semanas fue el niño del globo. De cómo una familia con deseos de fama y de tener su propio "reality show" inventó una tragedia de esas humanas que nos encanta a los periodistas y logró que medios de esos super serios (supuestamente) hicieran cobertura por horas sobre un globo que se elevó, luego cayó, con niño, sin niño, donde está el niño, etc. Y luego que se descubrió que todo era una farsa, días u días de cobertura sobre la farsa.
En fin. Creo que ya queda claro que estoy un poco frustrada con la banalidad de nuestros medios pero sobretodo, la de nuestra sociedad. La verdad es que cuando uno intenta informarse hoy en día sobre lo que ocurre en el mundo, y me refiero a programas noticiosos, periódicos, blogs, radio, etc, tiene que procesar una enorme cantidad de historias que nada tienen que ver con las cosas que realmente tienen importancia, no sé, por ejemplo, como va la economía, quien se está forrando con nuestro dinero de los rescates, qué intereses se están comiendo viva cualquier posibilidad de una reforma efectiva de salud, etc
Yo sé que la banalidad vende, llama la atención, consigue ratings. Con mis alumnos en las clases de periodismo discuto siempre el tema: ¿al público hay que darle lo que quiere o lo que necesita? Debo decir que la respuesta es más complicada de lo que parece, pero para resumirles lo que pienso, sé que hay que usar una combinación inteligente de los dos, si es que uno quiere mantener cierta credibilidad periodística y la misión social que lo hizo a uno entrar al periodismo.
El poder y el alcance de estas historias, la banalidad que vende en los medios son un reflejo fiel de la sociedad. Los medios alimentan y retroalimentan, educan y deseducan. Hay a quienes les interesa la información importante, los artículos sesudos, pero ese público también hay que cultivarlo, educarlo para que aprecie eso. También hay que educar a los ejecutivos de los medios que piensan que un periodista puede cruzar la línea y convertirse en un vendedor de contenido, o en publicista, o que un reportero tiene que publicar la nota del tipo que compró avisos en el periódico y que su credibilidad como medio no va a ser cuestionada.
A mí también me gusta el chisme y debo confesar que me encantan las publicaciones como Hola (la versión española), quizá porque era una revista que nunca faltaba en la casa de mi abuela paterna a la que íbamos a visitar los domingos, y las aventuras de reyes y toreros me entretenían del inmenso tedio de escuchar los achaques suyos y los de todos sus conocidos de edad. A mí, como alcualquiera, me encanta que los ricos y los famosos fracasen y se estrellen contra el suelo. Pero afortunadamente, también me gusta escuchar a la BBC y ver documentales y leer The Economist o Time. Para mí, lo banal tiene su lugar, pero no tiene TODO el lugar en mi cerebro y en mi necesidad de conocimiento.
En todo caso, creo que tanto nuestra cultura como nuestros medios a menudo se extralimitan en su interés por este tipo de historias. Para mí, ese exceso es un pecado que se paga con una democracia disminuida y un público desinformado al que es más facil timar y engañar a la hora que sea necesario.
Comentarios a pilar.marrero@laopinion.com y también en www.twitter.com/PilarMarrero