Sin fronteras
No se asusten. Todavia no habrá conflicto armado entre Colombia y Venezuela. Lo que suena no son tambores de guerra. Son apenas un par de flautas desafinadas tocando una melodía que ya ha sido entonada en otras ocasiones.
Para quienes han caído en la finta hay que recordar que Hugo Chávez y Álvaro Uribe son como esos matrimonios en los que ambos se odian, pero no pueden vivir el uno sin el otro. Los psicólogos le llaman codependencia.
Para no embaucarse, hay que hacer como cuando se va a firmar un contrato: leer antes la letra menuda. Hay que afinar el oído y escuchar más allá de la fanfarronería de Chávez que pide a sus soldados prepararse para la guerra. Hay que ver más allá del envío de miles de soldados a la frontera.
Hay que entender más allá de los asesinatos de dos miembros de la Guardia Nacional venezolana en la zona fronteriza con Colombia y del arresto en Venezuela de supuestos miembros de grupos paramilitares.
Aquí hay más tela que cortar. En realidad Chávez y Uribe no están mirando hacia afuera. Sutil o directamente activan este tipo de mecanismos cuando están urgidos de dar un golpe de timón a lo interno.
A Uribe se le está quemando el pan en la puerta del horno. Sus planes para obtener un tercer período presidencial se encuentran en la cuerda floja porque el tiempo se le está agotando y aunque obtenga un fallo favorable de la Corte, quizá ya sea demasiado tarde para montar el referendo que le permita acceder a una segunda reelección.
Como si fuera poco, la más reciente encuesta de la consultora Gallup muestra que el gobernante comienza a perder respaldo popular contando ahora con la calificación mas baja en sus siete años de gobierno.
Del otro lado de la frontera, las cosas no son mejores. Chávez enfrenta un creciente descontento popular por problemas que van desde la delincuencia desbordante hasta los racionamientos de agua y electricidad.
En el fondo, en ambos casos todo apunta a una lucha por mantenerse en el poder, por reafirmar y/o levantar su popularidad para que nadie los tumbe del sillón presidencial. Es una relación simbiótica y punto.
Está claro que ambos disfrutan el jueguito, aunque con estilos distintos. Uribe es más comedido, recatado en sus comentarios, pero bien sabe que la andanada de ataques del vecino le sienta como anillo al dedo para exacerbar y canalizar en su favor el sentimiento nacionalista de los colombianos.
Hugo Chávez, por su parte, sabe que con sus arengas guerreristas vuelve a encender la chispa de una buena parte de electorado venezolano que ya se siente harto de que la riqueza petrolera todavía no llegue a millones que siguen en la más extrema pobreza.
Mientras tanto, es claro que esto no pasará, una vez más, de dimes y diretes. Está claro que los ejércitos de Colombia y Venezuela no van a "comerse la bronca" de meterse en una guerra que no tiene ni pies ni cabeza.
Allende las fronteras. Chávez esta vez no cuenta ni siquiera con el respaldo de dos de sus más fervientes aliados: Evo Morales, de Bolivia y Rafael Correa, de Ecuador.
El silencio de Correa dice más que mil palabras y Morales no tuvo reparos en señalar que no está de acuerdo con "otra clase de luchas" en clara alusión al llamado de Chávez de prepararse para la guerra.
Más al sur, Brasil incluso minimizó las declaraciones de Chávez. Es que todo el mundo entiende que esto no es más que un juego.
Chávez se está convirtiendo en el pastorcillo de aquel cuento que falsamente asustaba a todos diciendo: "allí viene el lobo, allí viene el lobo". Pero un día realmente vino el lobo y como esta vez nadie le creyó, el lobo se lo comió.Y colorín colorado...
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