Sin fronteras
Yo estoy seguro de que en Nicaragua conocen al dedillo la Ley de Murphy: si algo puede salir mal, saldrá mal. Es difícil concebir que a un sólo pueblo le puedan llover tantas desgracias naturales, políticas, económicas y sociales.
Lo de Nicaragua es caída libre al precipio. Uno ya pensaba que nada más grave podía pasarle a un país desecho por catástrofes naturales y ultrajado política y económicamente por un puñado de saqueadores del poder y de la riqueza.
Pero en Nicaragua, en la pobre Nicaragua, siempre viene algo peor. Hace unas cuantas horas la Corte Suprema de Justicia decidió saltarse olímpicamente la Constitución Política para resolver que la reelección presidencial es totalmente válida, complaciendo, sin sonrojarse siquiera, las aspiraciones de Daniel Ortega de perpetuarse en el poder.
Esto sólo puede pasar allí, donde unos cuantos perrillos falderos del gobernante llevan las riendas del sistema judicial y donde la división de poderes es solo una bonita teoría que se imparte en las clases universitarias.
Pensándolo bien, en Nicaragua no se cumple la ley de Murphy, la que se cumple es la ley de Ortega: si algo quiere el gobernante, eso tendrá el gobernante.
Ortega ya se ha convertido en una suerte de Rey Midas, pero invertido: todo lo que toca a su paso lo destruye.
En Nicaragua, la tierra donde todo es posible, hay que esperar una segura reelección de Ortega como presidente. Hay que darlo por descontado aunque las encuestas digan que más del 62 por ciento de los electores reprueban su gestión.
Entonces, cuando uno recuerda el espectáculo de Daniel Ortega razgándose las vestiduras por el regreso de la democracia en Honduras, uno no sabe, honestamente, si reir a mandíbula batiente, o sentarse a llorar inconsolablemente.
Con ese escandaloso nivel de impopularidad, cualquier persona con una pizca de decencia y decoro, como mínimo habría abdicado de la política y hubiese escondido para siempre la cabeza como un avestruz.
Pero Nicaragua es una nación donde la democracia todavía es una lejana utopía. Sigue siendo un país gobernado por unas cuantos caciques. ¿Qué más da si se apellidan Somoza, Alemán u Ortega? Llevar las riendas del país es sólo negocio más —sin duda el más lucrativo— del cabecilla de turno,
Daniel Ortega se contagió rápidamente del virus reeleccionista que padecen sus correligionarios ideológicos Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa y hasta Manuel Zelaya.
Pero a diferencia de los anteriores, Ortega no goza siquiera de un nivel aceptable de popularidad que le permita al menos maquillar como democrático su intento de seguir en el poder.
En cambio, el caudillo nicaragüense tiene a su haber que es el amo y señor, sin objeciones, del poder en Nicaragua. Por lo tanto, puede hacer lo que se le venga en gana.
Sí, puede hacer lo que quiera: hasta traicionar a su aliado liberal Arnoldo Alemán, quien ahora esta furioso con los planes reeleccionistas de Ortega. El pacto de reparto del poder ahora es sólo historia.
Entonces, en otro acto casi mágico de esta Nicaragua imprevisible, los políticos opositores que hace poco se dividieron y abrieron paso al triunfo de Ortega, ahora se unen contra los planes del presidente de perpetuarse en el poder.
No hay duda de que la política es escandolosamente sucia, pero terriblemente apasionante. Cumple a cabalidad aquel precepto de que a través de ella se hacen amigos de mentiras y enemigos de verdad.
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