Sin fronteras

Yo estoy seguro de que en Nicaragua conocen al dedillo la Ley de Murphy: si algo puede salir mal, saldrá mal. Es difícil concebir que a un sólo pueblo le puedan llover tantas desgracias naturales, políticas, económicas y sociales.

Lo de Nicaragua es caída libre al precipio. Uno ya pensaba que nada más grave podía pasarle a un país desecho por catástrofes naturales y ultrajado política y económicamente por un puñado de saqueadores del poder y de la riqueza.

Pero en Nicaragua, en la pobre Nicaragua, siempre viene algo peor. Hace unas cuantas horas la Corte Suprema de Justicia decidió saltarse olímpicamente la Constitución Política para resolver que la reelección presidencial es totalmente válida, complaciendo, sin sonrojarse siquiera, las aspiraciones de Daniel Ortega de perpetuarse en el poder.

Esto sólo puede pasar allí, donde unos cuantos perrillos falderos del gobernante llevan las riendas del sistema judicial y donde la división de poderes es solo una bonita teoría que se imparte en las clases universitarias.

Pensándolo bien, en Nicaragua no se cumple la ley de Murphy, la que se cumple es la ley de Ortega: si algo quiere el gobernante, eso tendrá el gobernante.

Ortega ya se ha convertido en una suerte de Rey Midas, pero invertido: todo lo que toca a su paso lo destruye.

En Nicaragua, la tierra donde todo es posible, hay que esperar una segura reelección de Ortega como presidente. Hay que darlo por descontado aunque las encuestas digan que más del 62 por ciento de los electores reprueban su gestión.