El sur de California es fascinante. Sobre la avenida Pacific Coast, pegados, un centro de ventas de motocicletas Harley Davidson, con sus melenudos en chaquetas de cuero; un negocio de lectura del Tarot, una iglesia luterana, un restaurante chino y un jardín de infantes Montesori.

En todos, detrás de las fachadas, en los cuartos de servicio, las cocinas, los retretes, es inconfundible la presencia de hispanos haciendo los trabajos indispensables y mal pagados.

La afamada diversidad de esta región se nos presenta a diario, en todas partes, por más que viajemos de una ciudad a otra de este monstruo urbano.

La afamada "diversidad" no es más que un eufemismo para reconocer la creciente presencia de inmigrantes mexicanos y del resto de Latinoamérica.

Es notable su injerencia en el pulso económico, desde los oficios iniciales pasando por renombrados profesores y artistas hasta los puestos políticos más importantes.

La influencia inmigrante ha hecho del sur de California una zona única en Estados Unidos, dinámica y optimista, pero por lo mismo también vulnerable a los vaivenes económicos. De aquí las cifras espeluznantes de desocupación publicadas esta semana: 12.7% contra 9.5% a nivel nacional.

Estamos en un crisol de cambios demográficos y políticos.

Pero hay algo que choca, que no corresponde, una contradicción que requiere explicación.

Por muchos que sean, las voces de los latinos y sus puntos de vista están ausentes del debate radiofónico.

En estos días, una persona que encendiera su radio, mientras recorre la zona y que escuchara los talk shows o programas de entrevistas, creería que estamos en algún paraje del sur xenófobo, en algún bastión de la supremacía blanca, en un sitio sin presencia hispana.