Sin fronteras
Son casi pequeños cadáveres ambulantes. Su piel pegada al hueso, su mirada perdida, su cabello escaso y pálido... Las imágenes no vienen de Somalia o de cualquier otra nación africana. Están aquí, a la vuelta de la esquina: en Guatemala.
Allí unas 500 personas han perdido la vida por hambre, simplemente porque no tienen que comer. Unos 15 mil niños enfrentan inminente riesgo de muerte y otros 150 mil padecen desnutrición extrema. La hambruna, ese espectro que hasta ayer nos parecía tan lejano, ya se encuentra en nuestro patio.
Tan grave es la crisis alimentaria que el presidente Alvaro Colom tuvo que decretar un estado de calamidad.
Mientras tanto, aquí en Estados Unidos y en Latinoamérica entera simplemente nos cruzamos de brazos.
¿Cuánto vale una vida? ¿Será que el pleito por el sillón presidencial en el vecino país, Honduras, es más importante, que cientos de personas muriendo porque no tienen ni siquiera un bocado para echarse a la boca?
Misiones internacionales van y vienen: a Costa Rica, a Washington, a Tegucigalpa, porque parecemos convencidos de que respetar el derecho al sufragio es más importante que salvaguardar el sagrado derecho a la vida. ¿Adónde se fue nuestra escala de valores? ¿Cuándo fue que la perdimos irremediablemente?
¿Como es posible que un continente entero cierre filas para condenar un golpe de estado y no haga lo mismo para denunciar que cientos de personas, a unos cuantos kilómetros de allí, mueren irremediablmente de inanición?
Allá, en el Cono Sur les importa más si Colombia instala o no unas cuantas bases militares norteamericanas. Indignados mandatarios se dan cita para pedir cuentas a su vecino y nadie dice "esta boca es mía" para denunciar esta tragedia alimentaria y liderar un esfuerzo que ponga fin a esta vergüenza.






