Recuerdo la primera vez que voté en mi vida en una elección general mucho mejor que las siguientes. Será por ser la primera, claro. Pero tambien porque fue diferente. Y porque desde aquel entonces, comparé los otros votos a aquel, el de 1973.
Era, creo, diciembre. La guerra había finalizado pocas semanas atrás. Estábamos detrás de unas colinas que nos resguardaban del fuego enemigo, muy cerca del luego famoso kilómetro 101 en la carretera a El Cairo. Para llegar a nuestro emplazamiento se debía manejar por rutas casi intransitables y con una lentitud enloquecedora.
Para igual llegó una cuadrilla de cuatro encargados de las elecciones.
También eran soldados y también chicos de 19, 20 años. Como nosotros.
La votación tuvo lugar en mi carpa personal que estaba a una veintena de metros del resto de la tropa, y que había sido de un oficial enemigo que huyó, dejando a sus soldados – otros tantos muchachitos – abandonados. Cayeron prisioneros.
Desalojé la carpa.
Por la duración de la votación se interrumpieron las tareas militares, que consistían en frenéticos preparativos para la reanudación de las hostilidades. Eramos zapadores, artilleros, tanquistas.
Mis compañeros se pusieron en fila india. Todos juntos, sin diferencia de rango. Timidamente, debatian las alternativas dle voto. Y votamos por un mejor gobierno, o por nuestros ideales, o creencias religiosas. Y por nuestras esperanzas.
Así votaron el miércoles, y luego el sábado, las madres de alumnos en 30 escuelas del Distrito Escolar de Los Ángeles. Votaron por el futuro de sus chicos. Votaron para redimirse como personas con dignidad que son.
Porque la dignidad, se la quitaron cuando les llamaron seres ilegales.





