reflexiones
A espaldas de Beethoven, emprendedores sin escrúpulos han utilizado impunemente su hermosa "Para Elisa" para vender más helados. Otras obras se usan para activar celulares. Nadie sabe para quién trabaja.
Algo similar sucede con los escritores clásicos, definidos por Hemingway como aquellos iluminados de los que todos hablan y pocos han leído.
Homero, Shakespeare, Cervantes, Dante, para citar unos pocos, escribieron sus ficciones sin imaginar que en tiempos de Internet, el Hay Festival y los perros calientes, imprimirían su obra en papel higiénico para que el bobo sapiens la lea en el baño mientras ejecuta la prosaica faena que nadie puede hacer por él. No hay que ser la reencarnación del escocés Sherlock Holmes para deducir el infeliz destino final de ese papel.
De este atentado contra la estética se vienen lucrando emprendedores españoles. Emprendedor es todo sujeto capaz de crear una empresa a partir de un suspiro, o de la huella que deja un pájaro en el viento.
En este caso específico partieron de una obra de teatro, Emprendedores, en la que se recrea el azar del empresario que se llena de euros imprimiendo clásicos en papel higiénico para leer en el retrete. El autor, Raúl Camarero, ganó premio en un festival de teatro en Sevilla.
Este Camarero se convertiría después en uno de los fundadores de la próspera empresa. Raulete ha dicho con desparpajo de ideólogo: "Surge aquí un conflicto interesante: limpiarse el trasero con una obra de arte, o (enfrentar) el dilema moral que esto representa".
Hilando delgado, el conflicto lo deben tener los alegres promotores de la singular idea, nunca los demás mortales. (Conmigo no cuente, don Raúl).
La costumbre de leer en el baño es vieja como el olvido. Los varones tenemos fama de eternizarnos en el baño hasta despachar todo el periódico, incluidos el crucigrama y las tiras cómicas.
Tardamos tanto en ese incómodo ritual, que las esposas alcanzan a alegrarse y aplauden ruidosamente porque asumen que su principal proveedor de estrés —y de ira— se fue por el inodoro. Al final, desafortunadamente para ellas, todo resulta en falsa alarma.
El menú de lecturas en el baño se enriqueció desde hace unos meses con el papel higiénico ilustrado que solo se vende a través de Internet.
Por lo pronto, los empresarios imprimen obras de escritores fallecidos quienes, por tan perogrullesco motivo, no pueden cobrar derechos de autor. O sea que los agarran a mansalva y sobre seguro. Escrito está: ¿Después de muerto, quien vive?
No sólo se imprimen clásicos literarios que nunca supieron de tales derechos. También sufren los horrores de esta publicidad viejas joyas como el esotérico Apocalipsis o el bello Cantar de los Cantares.
Los impresores pensaron incluir en el menú el Corán pero les dio físico miedo. Saben que los ayatolas pueden incendiar el negocio, con emprendedores, mensajeros, tinta, papel y maquinaria.El papel higiénico literario que se propone acercar la cultura al hombre sedente y mal oliente ("hueles, y no a ámbar", le dice don Quijote a un Sancho que se extrovierte fisiológicamente muy cerca del Caballero de la escuálida figura), tiene un costo aproximado de seis dólares la unidad. Hagan sus pedidos.
El autor más solicitado para leer en esa ridícula posición es, para estupor del damnificado, el español Federico García Lorca.
El producto está disponible en colores blanco, naranja y rosa, dependiendo de las aberraciones sexuales y literarias del cliente que siempre tiene "la razón de la sinrazón".
Si el lector es cegatón, no se preocupe, caballero, que se lo imprimen en 18 ó 20 puntos. Completa satisfacción o la devolución de su dinero. (Lo que nadie puede devolver es el tiempo perdido en una lectura inútil).
Los rebuscadores escatológicos, para utilizar una expresión benévola, aclaran que si algún escritor vivo desea que su obra sea impresa y leída en ese sitio que nos nivela a todos por lo bajo, lo puede hacer saber. De los dividendos se ocuparán en el camino.
La noticia me produjo terror-pánico porque la modalidad se puede extender a los periódicos. Cualquier "enemigo íntimo" podrá ordenarles a los emprendedores: despáchenme veinte rollos del Domínguez ese. No precisamente para leerme.
Óscar Domínguez G. escribe desde Bogotá, Colombia oscardominguezg@etb.net.co