El gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, dijo hace poco a periodistas que está reconsiderando su opinión sobre la pena de muerte y que podría aprobar una ley para finalizar esa práctica en Nuevo México. Hace unos pocos años, Richardson apoyaba firmemente la pena de muerte. Pero ha habido muchos cambios en los últimos años, en todo el país —y aquí en California— que están haciendo que cada vez más personas reconsideren la pena de muerte.

Hace tres años, se clausuró la puerta a la cámara de ejecución de California debido a cuestionamientos legales al método de ejecución de nuestro estado. En ese período, hemos estado pagando para mantener las apariencias de la pena de muerte a un precio nada despreciable de más de 400 millones de dólares. Ese es el costo de alojar a las personas en instalaciones especiales mientras esperan la pena de muerte y el procesamiento de las apelaciones obligatorias. En ese mismo tiempo, 15 personas murieron debido a otras causas mientras esperaban ser ejecutadas, esta cantidad es mayor que el estado ejecutó en los últimos 30 años. De hecho, estamos pagando un precio adicional por lo que en realidad es una prisión permanente, solo para poder decir que tenemos pena de muerte.

Mientras que durante los últimos tres años el gobierno de California ha hecho de cuenta que nada cambió, una enorme transformación ocurrió con relación a la pena de muerte a nivel nacional. En diciembre 2007, New Jersey se convirtió en el primer estado en 40 años en revocar la pena de muerte al reemplazarla por prisión perpetua. Poco después de esa audaz medida, la Suprema Corte de Nueva York declaró inconstitucional la pena de muerte en su estado. La Asamblea Legislativa de Nueva York optó por no pagar millones de dólares en restablecerla. Este año se están estudiando proyectos de ley para reemplazar la pena de muerte por prisión perpetua en seis estados, desde Montana a Maryland. Los republicanos y demócratas que apoyan estas leyes mencionan como argumentos el dolor que el proceso de la pena de muerte inflige a las familias de las víctimas, el riesgo de que una persona inocente sea ejecutada y los altos costos del sistema de la pena de muerte.