A un año de haber ganado Barack Obama las elecciones presidenciales se ha vuelto política de Estado el culpar al ex-Presidente Bush por todos los males que aquejan al país. El juego de la culpa pudo ser justificado en Febrero cuando el presidente en una entrevista telefónica con un periodista del New York Times manifestó que el caos en Afghanistán era el resultado de un pobre trabajo por parte de su predecesor, o en Marzo cuando en un discurso ante un grupo de cadetes de la policía de Ohio señaló que había heredado un desastre fiscal; o tal vez en Mayo cuando en una presentación ante el personal del Archivo Nacional mencionó que el limbo legal en el que se encuentran los prisioneros de Guantánamo fue el resultado de las violaciones constitucionales del Presidente Bush.

La semana anterior nuevamente Obama nos recordó, en una gala de recaudación de fondos del partido demócrata, que el problema de Afghanistán era el resultado de largos años de vagar a la deriva de parte del ex Presidente republicano. En el camino nos ha dicho que George Bush es el culpable del calentamiento global, del desempleo, de la crisis inmobiliaria, del desastre crediticio, y del caos del sistema migratorio.

No hay prisa nos dijo hace poco referente a la necesidad de tomar una decisión con respecto al tema de Afghanistán. Mientrás tanto los talibanes se han adueñado del país, las autoridades son incapaces de contener los ataques terroristas y de estabilizar esa nación, y los soldados estadounidenses siguen regresando en ataúdes a reencontrarse con sus familiares.

Dicen los especialistas en materia macroeconómica que hemos salido de la recesión y que la economía va en alza. Sin embargo el desempleo está a las puertas de alcanzar dos dígitos, la gente sigue perdiendo sus casas, y los bancos y las compañías de crédito siguen asaltando a los consumidores con intereses escandalosos y cargos ridículamente exagerados.