El Salvador
Al partido Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) aunque le costó asumir la derrota electoral del 15 de marzo pasado, puede afirmarse que sí estaba preparado para ser oposición. Pero oposición de un gobierno del Frente Farabundo Martí para la Libración Nacional (FMLN), del que resultaba fácil predecir comportamientos y medidas. No obstante, ARENA nunca logró establecer de qué se hablaba cuando Mauricio Funes planteó que encabezaría un gobierno de unidad nacional. He ahí un aspecto que permite explicar la situación que atraviesa ARENA en este momento.
Al ser apartado por mandato ciudadano de la gestión gubernamental, el partido ARENA no solo perdió las elecciones y, como se dice, pagó el desgaste de veinte años ininterrumpidos de ostentar el Órgano Ejecutivo. Hay más elementos. Dado su carácter de partido político con prístinos intereses corporativos que en su discurso público no oculta, perdió además del Gobierno una apoyatura fundamental para la hegemonía (tal como la entendía Gramsci) que había alcanzado sobre la sociedad salvadoreña. Estas dos pérdidas son ya de por sí importantes. Pero hay más. Se hizo de esta parte del aparato del Estado una suerte de pivote para el proceso de acumulación de algunos segmentos propietarios. En algunos casos se trataba de complementar dinámicas que habían tenido su origen fuera del aparato del Estado y que venían de muchos años atrás. Sin embargo están los casos concretos que hicieron de este nicho de recursos sin costos en el que se constituyó el aparato del Estado (cuya herramienta se define a partir de quien ostenta el Gobierno) un factor decisivo de su proceso de acumulación. Y es aquí donde aprieta el zapato.
De este modo, al concretarse el 1 de junio el cambio de gobierno se vinieron al suelo las expectativas de que aquel modo de gobernar continuaría, de algún modo. No tan escandalosa y procazmente, pero quizá —se pensó— sería posible seguir con esto y con aquello aunque hubiese que prescindir de lo otro. Y no, las exclusas se cerraron de un día para otro.
En la reciente fractura dentro de ARENA las desavenencias político-ideológicas no están operando. Hay una clara disputa de cotos. También se encuentran enmascaradas sordas (y no tan recientes) pujas por el control de ese otro valioso instrumento que es ARENA. Pero hay otras hipótesis. Una, la más atrevida pero con algunas evidencias que la respaldan señala que existe en este momento una tentativa más o menos articulada por disputar, a cualquier costo, y quizá de cualquier modo, la preeminencia en la conducción de ARENA, aunque no necesariamente con el propósito de constituirse en una oposición responsable, que es lo que corresponde en un sistema político que discurre dentro de la democracia. No, pareciera que esta fractura de los doce diputados de ARENA, que ya se constituyeron en fracción legislativa independiente, es solo la punta del iceberg.
Aún es temprano para cerrar un cuadro de interpretación respecto a todo esto que está ocurriendo dentro y en torno a ARENA. La nota curiosa es que el actual consejo ejecutivo de este partido político ha señalado sin miramientos a Herbert Saca (primo del otrora popular ex presidente Elías Antonio Saca) como el vector principal de eso que se ha dado en llamar la conspiración contra ARENA. Que Herbert Saca y Elías Antonio Saca tengan un lazo de parentesco puede ser una nimiedad. La cuestión es que Herbert Saca fue, durante el recién finalizado Gobierno que encabezó Elías Antonio Saca, el principal operador político del ahora ex presidente, y de seguro sigue siéndolo todavía. Aquí está un hilo que hay que jalar para ir desanudando este entuerto.
Dicho esto, resulta legítimo preguntarse por el papel real que juega Elías Antonio Saca y su grupo (político y económico) en todo esto. ¿Se trata de meros propósitos electorales? ¿Hay un esbozo de disputa en algún sector de la economía? ¿O acaso hay algo más que se combina con todo esto?
De lo que no cabe ninguna duda es que el recambio político que el gobierno de unidad nacional que encabeza Mauricio Funes y del que forma parte el FMLN, el partido Cambio Democrático, el Partido Socialdemócrata en formación, segmentos disidentes demócrata cristianos y por supuesto el denominado Movimiento Ciudadano que respaldó la candidatura de Funes constituye una extraña pero quizás efectiva argamasa política para una estable gestión gubernamental.
Esto apenas comienza. Y faltan aún todavía más sacudidas. Unas ya casi anunciadas (por la reforma tributaria), otras, incubándose soto voce.
Jaime Barba es periodista y autor radicado en El Salvador