Al partido Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) aunque le costó asumir la derrota electoral del 15 de marzo pasado, puede afirmarse que sí estaba preparado para ser oposición. Pero oposición de un gobierno del Frente Farabundo Martí para la Libración Nacional (FMLN), del que resultaba fácil predecir comportamientos y medidas. No obstante, ARENA nunca logró establecer de qué se hablaba cuando Mauricio Funes planteó que encabezaría un gobierno de unidad nacional. He ahí un aspecto que permite explicar la situación que atraviesa ARENA en este momento.

Al ser apartado por mandato ciudadano de la gestión gubernamental, el partido ARENA no solo perdió las elecciones y, como se dice, pagó el desgaste de veinte años ininterrumpidos de ostentar el Órgano Ejecutivo. Hay más elementos. Dado su carácter de partido político con prístinos intereses corporativos que en su discurso público no oculta, perdió además del Gobierno una apoyatura fundamental para la hegemonía (tal como la entendía Gramsci) que había alcanzado sobre la sociedad salvadoreña. Estas dos pérdidas son ya de por sí importantes. Pero hay más. Se hizo de esta parte del aparato del Estado una suerte de pivote para el proceso de acumulación de algunos segmentos propietarios. En algunos casos se trataba de complementar dinámicas que habían tenido su origen fuera del aparato del Estado y que venían de muchos años atrás. Sin embargo están los casos concretos que hicieron de este nicho de recursos sin costos en el que se constituyó el aparato del Estado (cuya herramienta se define a partir de quien ostenta el Gobierno) un factor decisivo de su proceso de acumulación. Y es aquí donde aprieta el zapato.