Hace un año que los estadounidenses sorprendieron al mundo eligiendo a Barack Obama como presidente. Este acontecimiento fue difícil de creer hasta para los mismos votantes cuando se confirmó que el senador afroamericano ocuparía la Casa Blanca. La emoción que embargó a muchos de nosotros fue prueba de la magnitud del momento.
El comicio se realizó en medio de la peor crisis financiera en 75 años y los electores se volcaron por un mensaje de cambio, que ha probado ser difícil de implementar en la práctica. La amenaza de bancarrota de gigantes empresariales y financieros, y la decisión estratégica de la bancada legislativa republicana de obstaculizar cada paso, eliminó la tradicional deferencia de una luna de miel que se suele otorgar al ganador de la elección presidencial.
Hoy la agenda está repleta con las reformas de salud, energía y financiera, con Afganistán y los imprevistos que suelen consumir la atención presidencial. En repetidas ocasiones respaldamos el programa de cambios de Obama, pero la realidad indica que el manejo del desempleo será la vara para medir el desempeño del mandatario. Es muy difícil avanzar en otras áreas cuando la preocupación de todos es la seguridad laboral. La creación de empleos ahora es la prioridad número uno.
Por otra parte, a un año de un triunfo electoral amplio, gracias a una avanzada organización de votantes, nos preguntamos: ¿Dónde están ellos cuando más se los necesita?
El respaldo en las urnas no se ha replicado en una demostración similar de respaldo a la agenda. Los votantes que creyeron hace un año en la urgencia de un cambio significativo en el rumbo del país no se hacen escuchar en el Congreso. Esta falta de apoyo le da margen a los legisladores a entorpecer los planes de la Casa Blanca.
La elección de noviembre pasado creó una gran ilusión y expectativas muy altas. Sin embargo, la realidad de la dura crisis económica consume el capital político de Obama que todavía no llega a su potencial. Creemos que para ello es necesario el apoyo activo a su agenda de los creyentes en la era del cambio.
Hace un año que los estadounidenses sorprendieron al mundo eligiendo a Barack Obama como presidente. Este acontecimiento fue difícil de creer hasta para los mismos votantes cuando se confirmó que el senador afroamericano ocuparía la Casa Blanca. La emoción que embargó a muchos de nosotros fue prueba de la magnitud del momento.
El comicio se realizó en medio de la peor crisis financiera en 75 años y los electores se volcaron por un mensaje de cambio, que ha probado ser difícil de implementar en la práctica. La amenaza de bancarrota de gigantes empresariales y financieros, y la decisión estratégica de la bancada legislativa republicana de obstaculizar cada paso, eliminó la tradicional deferencia de una luna de miel que se suele otorgar al ganador de la elección presidencial.
Hoy la agenda está repleta con las reformas de salud, energía y financiera, con Afganistán y los imprevistos que suelen consumir la atención presidencial. En repetidas ocasiones respaldamos el programa de cambios de Obama, pero la realidad indica que el manejo del desempleo será la vara para medir el desempeño del mandatario. Es muy difícil avanzar en otras áreas cuando la preocupación de todos es la seguridad laboral. La creación de empleos ahora es la prioridad número uno.
Por otra parte, a un año de un triunfo electoral amplio, gracias a una avanzada organización de votantes, nos preguntamos: ¿Dónde están ellos cuando más se los necesita?
El respaldo en las urnas no se ha replicado en una demostración similar de respaldo a la agenda. Los votantes que creyeron hace un año en la urgencia de un cambio significativo en el rumbo del país no se hacen escuchar en el Congreso. Esta falta de apoyo le da margen a los legisladores a entorpecer los planes de la Casa Blanca.