Como cada año, el pasado 2 de noviembre la celebración del Día de los Muertos adquirió un toque especialmente sombrío a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos porque, a pesar de que ha disminuido el número de indocumentados, se mantiene constante la cifra de al menos un fallecido por día.

A diferencia de años anteriores, cuando las víctimas mortales eran casi en su totalidad hombres en edad productiva, ahora la mayoría son mujeres, muchas de ellas casi niñas.

Según las autoridades migratorias mexicanas, en lo que va de 2009 han perecido 662 personas en su intento por cruzar la frontera sin papeles. De ellas, un 58% eran jovencitas cuyas edades fluctuaban entre los 14 y 29 años de edad. En promedio, contaban con instrucción secundaria y la mayoría decidió emigrar por la falta de oportunidades en su país de origen. Otras se arriesgaron a cruzar porque habían sido deportadas y separadas de sus familias o de sus hijos pequeños.

Al igual que sus contrapartes masculinos, algunas perecieron por deshidratación e inanición en el desierto, otras por accidentes o abusos de los agentes que las detuvieron. Algunas más fueron víctimas de secuestros o violaciones a manos de mafias de coyotes y narcotraficantes o simplemente se quedaron varadas en el camino, donde cayeron víctimas de las drogas o enfermedades que no se atendieron por falta de servicio médico.

Lo más triste para los deudos de muchos de estos indocumentados es que sus restos no pudieron ser identificados debido al elevado grado de descomposición que presentaban cuando los encontraron. En otros casos, la noticia de su deceso llegó semanas o meses después de haberse registrado. Para los familiares, este golpe fue doblemente fuerte pues sólo les confirmó los temores que tenían de perderlos desde que los vieron partir hacia el norte.