La elección presidencial en Honduras está en la recta final en medio de amenazas, censura, farsas de su presidente de facto y un papel vergonzoso por parte de Estados Unidos. Esta es un ensalada de la cual difícilmente surja una democracia capaz de romper la polarización interna acreada a partir del golpe de estado.

A esta altura es una cuestión secundaria el regreso al poder del presidente depuesto, Mel Zelaya, aunque no lo sea el incumplimiento de los acuerdos y mucho menos el papel contradictorio de la Casa Blanca. Al mismo tiempo que la administración Obama reconoce al embajador de Zelaya como representante legítimo de Honduras, también ha sido una parte activa en el proceso que socava el regreso de Zelaya al poder.

Debe preocupar a toda América Latina el doble discurso estadounidense, que a la larga es el respaldo a un gobierno surgido de la expulsión del país de su presidente democrático por la fuerza militar. No sabemos si es hipocresía o incapacidad para lidiar con la crisis, lo cierto que hasta ahora el gobierno del Presidente Obama está premiando al golpismo con su accionar.

Creemos que Estados Unidos quiere una salida democrática a la crisis, el problema es que las condiciones parecen adversas para un proceso abierto. Por ejemplo, cómo puede calificarse la amenaza del Presidente de facto Roberto Micheletti de enjuiciar a cualquiera que se exprese en los medios de comunicación promoviendo la no participación, cuando el ausentismo es parte natural del panorama político. O qué decir de cierres e interferencias a medios como al Canal 36 de la TV hondureña.