Sin fronteras

Armarse hasta los dientes: ese parece ser la mejor receta para alcanzar la paz en estos tiempos. Se arman las grandes potencias, se apertrechan los que están en vías de serlo y hasta las pequeñas y pobres naciones se hacen ahora de sus grandes arsenales.

Cualquier excusa es buena para llenarse de armamento. En esta loca carrera armamentista todos juegan: desde las naciones superpoderosas con sus letales depósitos nucleares hasta los países pobres del tercer mundo más preocupados por cuidarse la espalda del vecino que por mitigar el hambre de sus millones de habitantes.

En nuestra Latinoamérica, donde el promedio de escolaridad es de apenas siete años y los niveles de pobreza son vergonzosos, se han invertido recientemente unos 60 mil millones de dólares en nuevo armamento.

Esta carrera armamentista es como una de caballos: se trata de llegar primero a la meta, de derribar al adversario. Pero en este caso quienes los montan podrían ser en los jinetes de nuestro propio Apocalipsis.

Y aquí no cuenta si son de derecha o izquierda, rojos o azules, elefantes o burros. Todos cojean del mismo pie. Hay que decirlo sin tapujos: Estados Unidos es el principal corruptor de naciones con el lucrativo negocio del armamento. Es el principal productor y exportador de armas en el mundo.

En Latinoamérica, Chile, Venezuela, Colombia y Brasil encabezan la lista de quienes más gastan en armas. En tiempos en que la guerra parece un espectro lejano, el gasto en defensa en el subcontinente creció un 91 por ciento en cinco años, de acuerdo con el Insituto Internacional de Estudios Estratégicos.