Sin fronteras
Armarse hasta los dientes: ese parece ser la mejor receta para alcanzar la paz en estos tiempos. Se arman las grandes potencias, se apertrechan los que están en vías de serlo y hasta las pequeñas y pobres naciones se hacen ahora de sus grandes arsenales.
Cualquier excusa es buena para llenarse de armamento. En esta loca carrera armamentista todos juegan: desde las naciones superpoderosas con sus letales depósitos nucleares hasta los países pobres del tercer mundo más preocupados por cuidarse la espalda del vecino que por mitigar el hambre de sus millones de habitantes.
En nuestra Latinoamérica, donde el promedio de escolaridad es de apenas siete años y los niveles de pobreza son vergonzosos, se han invertido recientemente unos 60 mil millones de dólares en nuevo armamento.
Esta carrera armamentista es como una de caballos: se trata de llegar primero a la meta, de derribar al adversario. Pero en este caso quienes los montan podrían ser en los jinetes de nuestro propio Apocalipsis.
Y aquí no cuenta si son de derecha o izquierda, rojos o azules, elefantes o burros. Todos cojean del mismo pie. Hay que decirlo sin tapujos: Estados Unidos es el principal corruptor de naciones con el lucrativo negocio del armamento. Es el principal productor y exportador de armas en el mundo.
En Latinoamérica, Chile, Venezuela, Colombia y Brasil encabezan la lista de quienes más gastan en armas. En tiempos en que la guerra parece un espectro lejano, el gasto en defensa en el subcontinente creció un 91 por ciento en cinco años, de acuerdo con el Insituto Internacional de Estudios Estratégicos.
Son los mismos países que se llenan la boca hablando de paz, concordia entre las naciones, soluciones democráticas a las disputas. Es una paradoja que ilustra el escritor y humorista español, Antonio Mingote cuando asegura que "todos quieren la paz, y para asegurarla, fabrican más armas que nunca".
Estos pueblos que apuestan al armamentismo no son muy diferentes a un cavernícola armado de piedras y palos, decidido a resolver a garrotazos las disputas con su vecino. La única diferencia es que éstos de hoy en día son cavernícolas de cuello blanco, usan corbata y hasta parecen civilizados.
El de ellos es el negocio de la muerte, pero reglamentado. Como tienen la sartén por el mango, ellos deciden la compra y ellos mismos se encargan de conseguir la "carne de cañón" para cumplir con el único e ingrato propósito para el cual sirven las armas.
Ellos se encargan de exacerbar el nacionalismo que conduzca a la guerra. Miles de ingenuos habitantes les compran el cuento y allí comienza su metamorfosis: se enlistan en el Ejército y se transforman en nuestros héroes... pero por muy poco tiempo.
Pasada la guerra, si es que sobreviven, se convierten simplemente en desechos humanos. En ciudades como Los Ángeles, una cuarta parte de las decenas de miles de seres que duermen en las calles son, tristemente, veteranos de guerra. Y ahora, ¿quién se acuerda de que arriesgaron su pellejo por la patria? ¿A quién realmente le importa?
Pero al parecer hay al menos un rayito de esperanza. Hace pocas semanas Estados Unidos decidió, finalmente, dar un giro drástico para respaldar un plan que se promueve en la ONU para crear restricciones al comercio de estos instrumentos de guerra.
Será una lucha cuesta arriba. Sólo los textilesy la droga superan al armamentismo como industrias más florecientes. Por eso es fácil entender que tantos oscuros y poderosos intereses se muevan para mantenerla a flote.
No perdamos la esperanza. Decía Martin Luther King que "si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol".
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