El buzón de los que navegamos en internet se llena de pronto con mensajes de "benefactores" que nos quieren ver ricos, con el cielo asegurado, bellos.
Nos tientan con toda clase de menjurjes para mejorarnos la fachada, embellecer el perfil, desaparecer arrugas, disminuir panzas, avivar la mirada.
A los que ofrecen brebajes o gimnasios para dejarnos como dobles de Brad Pitt o Antonio Banderas, es difícil convencerlos de que envejecer tiene su encanto.
También llegan mensajes religiosos que nos ponen en el camino del nirvana. Estos redentores nos prometen el oro y el moro con tal de ayudarnos a erradicar nuestros pecados. Ignoran, con Wilde, que lo malo de no caer en las tentaciones es que después éstas no vuelven a presentarse. A estos salvadores les informo: "Dios me perdonará: es su oficio". (Heine dixit).
Hay unos que se pasan de la raya. Como un tal Alan Brian de la Irish Lottery in English, de Londres. El desconocido corresponsal me informa por correo que me he ganado un millón trescientas mil libras esterlinas y solicita mis coordenadas para consignarme. Le he escrito a Mr. Alan: "Pena me da con usted, pero no me quiero ganar millón y pico de libras. En el destino de rico tendría que cambiar de amores, barrio, ropa, desodorante, parientes y amigos. No quiero cambiar de acera cuando me encuentre en la calle conocidos que tienen el almuerzo embolatado.
"No creo en minas con tanto oro. Además, ¿qué haría con esa fortuna? He sido un rico sin plata. No tengo mayores quejas de la fortuna. Ni del azar.
"Con tanta plata debería renunciar a las viandas que elevan mi colesterol a niveles que me tienen pagando entierro con la factura de la energía. Seguiré muriéndome por cómodas cuotas mensuales. No me voy a quedar pa’semilla, como decían los malevos de antes. ¿Qué tal este pecho comiendo sushi o langosta para tener en qué gastarse las altivas libras?
Usted pertenece a una cofradía que se niega a ver pobres. Quiere ver gente sin afugias de chequera. No cree que el actor italiano Roberto Begnini, en una entrega del premio Óscar, le haya agradecido a su madre que le hubiera regalado una espléndida pobreza en su niñez. A veces maluco (desagradable) también es bueno.
"Asume usted que para disfrutar de una salida o puesta del sol, hay que presentar tarjeta de crédito. O acreditar la condición de marinero de agua dulce de internet. Me niega la alegría de saber que nadie está esperando que estire la pata para caerle a la herencia.
"Sin plata tendré pocos amigos, pero los pocos que me quedan me durarán más que una amante fea.
Creo que las libras que me "gané" le hacen más falta al Principe Carlos, quien tendría con qué comprarle zapatillas de cristal en Harrods a doña Camila mientras les llega el turno… si mamá Chava algún día renuncia a ser testa coronada. ¿No será mejor que con la platica que dicen me gané le den brillo y esplendor al Big Ben y a sus trece toneladas de peso?
"Con plata adquirida en esa lotería que nunca compré, podría adquirir cachivaches que no necesito. Más vale tener poco que necesitar mucho. Ojalá vivir de tal forma que si alguien toca a la puerta de la casa a las tres de la madrugada es el lechero, no el FBI.
"Mr. Alan, seguiré disfrutando del proletario metro. Si le acepto volverme rico empezaría a figurar en la agenda de delincuentes comunes y no comunes que trabajan con la fortuna ajena. Defiendo el discreto anonimato del sujeto que figura en el directorio telefónico.
"En el jartísimo oficio de nuevo Bill Gates, no podría meterme a una cinemateca o a una sala de ajedrez a cualquier hora, otros lujos que nos damos quienes no tememos que asalten el banco donde tenemos encaletada nuestra "flaca bolsa de irónica aritmética". Me basta con lo que duerme debajo del colchón. O en el marrano-alcancía, mi Banco de la República de bolsillo.
"Así que gracias mil pero no, prefiero vivir. Quédese con las libras que yo seguiré mi andadura ligero de equipaje".
Óscar Domínguez G. escribe desde Bogotá, Colombia. oscardominguezg@etb.net.co







