Una frase muy repetida durante la reunión del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), realizada este año en Miami, es que los proyectos que mejoran la calidad de vida de los pueblos en América Latina son necesarios. Tristemente, esta retórica muy pocas veces se traduce en realidad. La mayoría de la gente en Latinoamérica continúa viviendo con los efectos de políticas de "desarrollo" que los dejan empobrecidos, en vez de sacarles de la pobreza.
Al entrar en su decimoquinto año, uno se pregunta, ¿qué ha logrado realmente el BID? América Latina sigue siendo la región con los niveles más altos de desigualdad en el planeta, donde más y más personas han perdido la esperanza de poder lograr una condición de vida que les satisfaga y sea económica y ecológicamente sustentable.
Durante el año 2007, el BID otorgó préstamos y contribuciones que totalizaron 10,000 millones de dólares, una suma impresionante hasta que la comparamos con las remesas que las personas que viven en el exterior, principalmente en Estados Unidos, enviaron a sus familiares en Latinoamérica y el Caribe. El año pasado, estas remesas alcanzaron un monto de casi 55,000 millones de dólares. Las personas que envían estas remesas, los verdaderos "filántropos globales", estuvieron presentes durante la reunión del BID; eran los hombres y mujeres en los kioscos de información, quienes proveyeron seguridad, quienes manejaron los autobuses y limpiaron las salas de reunión. Pero sus voces nunca alcanzaron los podios. A pesar de esto, el BID sigue promoviendo un modelo de desarrollo que concentra la riqueza en las manos de unos pocos y obliga a la mayoría a buscar una vida mejor en el extranjero.
La verdad es que la inversión más significativa para aliviar el hambre y la pobreza en Latinoamérica y el Caribe en los últimos 10 a 20 años ha venido de los migrantes que envían estas remesas, no como resultado de políticas de desarrollo auspiciadas por el BID u otras instituciones financieras multilaterales. Los migrantes, laborando bajo condiciones adversas, han hecho esfuerzos extraordinarios para sacar a sus familias de la pobreza. Pero ya no desean seguir haciendo ésto sin ser reconocidos. Las comunidades migrantes organizadas quieren contribuir a ir haciendo realidad una vida mejor para las mayorías, con salarios justos, mejor distribución de la riqueza y que, además, sea sustentable a largo plazo.
Sabemos que se requerirá de un nuevo rubro de políticas y estrategias de desarrollo dirigidas a conseguir que las mayorías alcancen un estándar de vida que les satisfaga y que sea sustentable. Para poder alcanzar el potencial pleno que tienen las comunidades migrantes como socios en el camino hacia un verdadero desarrollo, convendría mucho a los gobernadores, directores y ejecutivos del BID reunirse menos entre ellos mismos y empezar a reunirse con el liderazgo de organizaciones de migrantes, que están comprometidos y que ya hacen todo lo posible para lograr una mejor calidad de vida para sus comunidades y familiares en sus países de origen y en los países donde residen. Después de todo, como una entidad comprometida con el desarrollo social y económico de Latinoamérica y el Caribe, el BID debería de querer escuchar la opinión de los inversionistas más importantes en esta noble causa.
Óscar Chacón es director ejecutivo de la Alianza Nacional de Comunidades Latino Americanas y Caribeñas (NALACC)






