Solicitar u ofrecer servicios sexuales por un intercambio monetario no sólo conlleva un problema judicial, sino de carácter sanitario. Archivo/La Opinión
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PRIMERA PARTE

En la esquina de Alvarado y la calle 8, una mujer nada agraciada por la belleza intenta coquetear. "Hola mi’jo", dice al pasar por la acera y suelta una sonrisa que revela una amarillenta dentadura. Es una mujer obesa y con minifalda que dice llamarse Bianca, no pasa de los 30 anos de edad, y en su inútil juego de seducción insiste: "¿Ton’s qué? ¿Vas a querer ir al cuarto?".

Son las 9:00 p.m. de un miércoles y en el Parque MacArthur los pocos transeúntes se detienen en los puestos de comida ambulante para en unos cuantos minutos dejar desolada esta zona del centro de Los Ángeles.

Por eso Bianca insiste en su oferta sexual. "En cinco minutos ya nos vamos a ir todas", advierte en referencia a las otras cuatro mujeres que por el estacionamiento del pequeño centro comercial también están dispuestas a entregar su cuerpo a la lujuria.

¿Cuánto cobras?

"Son 50 más 20 del cuarto", responde.

¿Y dónde es?

"Hay que ir al motel, en la Ocho y Union... ahí está el carro, te llevo y te traigo", dice mientras señala una camioneta negra donde un hombre está sentado al volante.

Lo que Bianca hace para ganarse el sustento de cada día es una actividad que persiste en muchas avenidas principales de la ciudad: Western, Santa Mónica, Sepúlveda, Figueroa y San Fernando son sólo algunas.

A pesar de que las negociaciones para tener sexo por dinero ahora son más populares en Internet, en parte por la persecución de proxenetas ("padrotes" o "chulos") que ha hecho el Departamento de Policía de Los Ángeles (LAPD), en ciertas calles de la ciudad es todavía común ver a prostitutas o travestis exhibiéndose en busca de clientes.