Una caravana de militares fuertemente armados vigila el traslado del cadáver de Ignacio ‘Nacho’ Coronel desde el municipio de Zapopan, Jalisco, hacia el Servicio Médico Forense, en el centro de Guadalajara. EFE
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ANÁLISIS

MÉXICO, D.F.— Los encapuchados mataron a su hijo adolescente, Alejandro, y la sangre fría de Ignacio "Nacho" Coronel, uno de los principales capos del país, se calentó hasta llevarlo a su muerte el jueves a manos del Ejército; previamente, dejó una estela de cadáveres en revancha contra sus rivales Los Zetas y aliados de los Beltrán Leyva.

El también llamado "Rey del Cristal", de 56 años, se "volvió agua" desde abril pasado. Atrás quedó el tercer hombre en el mando del cartel de Sinaloa —calculador, discreto y poderoso— que controlaba la ruta del Pacífico, clave para el tráfico de cocaína y producción de anfetaminas y metanfetaminas: su niño de 16 años fue secuestrado en el club de golf "El Tigre", de la Riviera Nayarit.

"Así, él mismo comenzó una serie de ajustes de cuentas que hicieron mucho más evidente su presencia", consideró el analista Jorge Fernández Menéndez, autor del libro El Otro Poder. Las redes del narcotráfico, la política y la violencia en México.

"Simultáneamente, la inteligencia militar (el Ejército Mexicano ha asumido desde hace ya tiempo la tarea de combatir en forma directa al cartel de Sinaloa) comenzó a presionar a Coronel y se resquebrajó también su esquema de seguridad", agregó.

Un grupo de militares ingresó el jueves al lujoso fraccionamiento Colinas de San Javier, en una zona residencial de las afueras de Guadalajara, Jalisco, para sorprender al narcotraficante por el que la DEA ofrecía cinco millones de dólares.

Al momento de ser rodeado, "El Cachas de Diamante", otro de sus sobrenombres, se encontraba solo en compañía de Irán Francisco Quiñones, un hombre de sus confianzas que resultó herido. Evitaba así llamar la atención con escoltas y gatilleros rondando sus dos casas que tenía como escondrijo para trabajos logísticos y financieros, sus especialidades.