Amparo De Paredes (izq.), quien se ha hecho cargo de Rosa María González, de 15 años, y sus hermanas tras la deportación de su mamá, rezan ante un cuadro de la Virgen de Guadalupe en Phoenix. José L. Muñoz/Especial para La Opinión
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PHOENIX, Arizona.— Amparo De Paredes llena una cubeta gigantesca con botellas de agua mientras un racimo de niñas corretea por toda la casa jugando con dos cachorritos que adoptó.

No son sus hijas, pero estos días las siente como propias, especialmente desde que sus madres fueron arrestadas durante dos redadas el 12 de junio por agentes del Departamento del Sheriff del Condado Maricopa, en una cadena de restaurantes conocida como Sizzler.

"Yo no tengo hijos, pero me toca el corazón de ver lo que está pasando", dice Amparo, una inmigrante guatemalteca de 52 años de edad.

Mientras cientos de familias inmigrantes dejan el estado a sólo unos días de que entre en efecto la nueva ley SB1070 que criminaliza a los inmigrantes indocumentados, los que se quedaron viven una situación de incertidumbre y resistencia.

"Esto va a seguir, si la ley entra en vigor o no. Va a haber más delincuencia. Yo no puedo llamar a la policía; si llamo a la policía, el perjudicado voy a ser yo, y no el que entró a robar", dice Omar González, el papá de cuatro de las niñas, oriundo del Departamento de Retalhuleu, en Guatemala.

Blanca, su esposa, quería quedarse hasta el último momento, esperar hasta el 29 de julio, fecha en que la nueva ley migratoria puede entrar en vigor. De lo contrario, el plan era mudarse para Los Ángeles, California. Temían ser detenidos en las calles, pero jamás esperaban que ella fuese arrestada en pleno horario de trabajo, después de laborar 10 años en ese restaurante.

"Es inútil, es estúpido lo que están haciendo ellos, porque no están protegiendo a la ciudad sacando a la gente trabajadora de sus trabajos", dice González, de 40 años."Protegerían al país si agarraran a los que andan vendiendo drogas en la calles".