Era un poco antes de las 6:00 p.m. y el salón ya estaba repleto. Jornaleros, trabajadoras de casa, estudiantes, padres de familia y algunos curiosos se dieron cita para presenciarlo juntos: el discurso del estado que guarda la nación pronunciado por el presidente Barack Obama.

Ahí estaba Cayetano López, panadero del Valle de San Fernando, "para escuchar todos reunidos lo que dice sobre inmigración, porque unidos logramos mejores cosas". Estaba también Virgilio Punai, jornalero, quien esperaba escuchar alguna palabra, la que fuera, que dijera que al Presidente aún le preocupa una reforma migratoria.

Muchos de los asistentes a las oficinas de la Coalición de Los Ángeles para los Derechos Humanos de los Inmigrantes (CHIRLA) no entendían muy bien el inglés; pero mientras los técnicos realizaban ajustes para que el discurso se escuchara en español, los jóvenes traducían el mensaje a sus padres. "Dice que si él no actuaba, en el país podía haber una segunda depresión", relataba una joven a su madre; la señora asentía con la cabeza.

Algunos tomaban notas porque una organizadora lo advirtió desde el principio: al finalizar el discurso se realizaría un debate. La mayoría escuchaba con atención, en silencio, y fue sólo casi al final del discurso cuando el aplauso eufórico llegó. "Necesitamos resolver nuestro sistema de inmigración quebrantado", se oyó decir al Presidente, y la emoción llenó el salón. Sólo un poquito después se escuchó fuerte una voz: "Pero que diga qué va a hacer. Que hable claro". Y el debate comenzó.

"A mí no me gustó. No iba realmente al grano; habló como si estuviera en una campaña para la presidencia; yo no soy estadounidense, pero si lo fuera estaría molesta", afirmó una estudiante.