Rudy Giuliani
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WASHINGTON, D.C.— ¿Qué le pasa a estos políticos mujeriegos?

¿Por qué personas poderosas, en un pedestal, piensan que están por encima de todo, que pueden salirse con la suya y engañar a sus esposas, sabiendo que hay un intenso escrutinio de los medios de prensa y que esas aventuras tienen un enorme costo político, sobre todo en Estados Unidos?

Hay una larga lista de políticos que pensaron que podían hacerse una escapada a Argentina, tomarse un crucero, alojarse en un hotel bajo un nombre ficticio o contratar un servicio de prostitutas sin ser descubierto ni tener que dar la cara.

Los ejemplos abundan: el gobernador de Carolina del Sur Mark Sanford, los senadores John Ensign, de Nevada, y David Vitter, de Louisiana; el ex presidente de la Cámara de Representantes, Newt Gingrich; los candidatos a la presidencia John Edwards y Gary Hart; el gobernador del estado de Nueva York, Eliot Spitzer, y los alcaldes de Nueva York, Rudy Giuliani, y de Los Ángeles, Antonio Villaraigosa.

Las consecuencias pueden ser nefastas y arruinar carreras políticas, como le ocurrió al gobernador de Nueva Jersey, Jim McGreevey. Pueden incluso generar juicios políticos, como el que tuvo que sobrellevar el presidente Bill Clinton.

Esto no fue siempre así. Hay políticos, incluidos presidentes, que tuvieron sus aventuritas a escondidas y nunca se vieron obligados a dar la cara en público, como John F. Kennedy y Franklin D. Roosevelt.

Esos tiempos han cambiado.

En el mundo de hoy, en que a la gente le fascinan las andanzas de las Paris Hilton, Lindsay Lohan y Britney Spears, desplegadas prominentemente en medios impresos y la internet, hay un apetito insaciable por los escándalos.