PARÍS, Francia.— De capitán de un Ejército, Oumar Hani pasó a ser un sencillo guardia de seguridad en un país extranjero, un cambio que no lamenta, pues de haberse quedado en Mauritania, su tierra natal, probablemente hoy estaría muerto.
Oumar, su esposa y sus 10 hijos forman parte del gigantesco y creciente número de desplazados por la violencia. Sin embargo, hoy estos asilados, algunos como los Hani que vivieron amenazas de muerte y tortura, son ahora las víctimas más vulnerables de la crisis económica y de los grupos antiinmigrantes que los culpan de saquear los trabajos que les corresponden a los nacionales.
"El sentimiento antiinmigrante nos ha afectado mucho. Las donaciones bajaron considerablemente en los últimos dos años porque las personas encuentran más empatía en ayudar a otros grupos que a organizaciones que ayudan a los inmigrantes," explicó Christophe Piedra del centro de refugiados para inmigrantes La Cimade, en París.
Con apoyo de La Cimade, Oumar vive ahora en un diminuto apartamento no mayor de un cuarto de oficina que comparte con su esposa. Sus 10 hijos están en habitaciones similares.
Al salir del centro debe portar una tarjeta de identidad que lo cataloga como refugiado, ya que en los últimos meses la policía local ha implementado puestos de revisión en busca de inmigrantes indocumentados.
Los pies y las manos de Oumar aún conservan las señas de tortura que padeció; sin embargo, hoy su miedo es otro: cómo hará para mantener a su familia una vez que deban salir del refugio.
De entre sus 10 hijos, él es el único que ha conseguido trabajo. "No sé qué voy a hacer", dice.







