‘Carolina’ camina por una carretera de Oaxaca. Quisiera dejar atrás la pesadilla que vivió.[Foto: Claudia Núñez/ La Opinión]
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OAXACA, México.— Adivinar si es barro o excremento lo que pisa Carolina* resulta difícil.

El lodo, como la pobreza, invade todo su pueblo en el Istmo de Oaxaca, la misma zona donde esta indígena mexicana fue reclutada por una red que exportaba inmigrantes para esclavizarlos en California, según informes de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI), y cuyos presuntos cabecillas fueron arrestados el pasado jueves en un operativo sorpresa en San José, California.

Carolina nunca llevó grilletes, pero durante tres años fue obligada, junto a casi 30 indígenas, a trabajar hasta 17 horas diarias sin salario, a callar abusos sexuales bajo amenazas de muerte, durmiendo en un viejo colchón y encerrada en un garage.

Ella, como muchos millones más, son víctimas de la trata o esclavitud laboral, una población que vive en las sombras y se estima es de, al menos, 16 millones de personas en todo el mundo, según cifras de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

La desaparición de Carolina en octubre pasado preocupó a su hermana, quien se puso en contacto con este diario. En diciembre, Carolina fue ubicada en Tijuana, donde fue arrojada por sus captores. Sin documentos, sin dinero y muerta de miedo.

Al parecer, la red solía utilizar los métodos de las organizaciones de trata nigerianas y sudamericanas, en las que se apoderan de todos los documentos de identificación de las víctimas y con actos de violencia psicológica y física desprenden a las víctimas de su esencia humana para dejarlas en libertad después de que han pagado la deuda contraída al sacarlos de su país.

"Me sentí como un animal, aventado, así no más, en un terreno baldío", platicó Carolina.

Refugiada en la humildad de su casa tras vivir años de captura, Carolina compartió sus experiencias con este diario, las cuales aparecen en esta serie que La Opinión publica tras nueve meses de una investigación que revela el reclutamiento de indígenas y campesinos y el sistema de operación de esta amplia red de trata laboral que se entretejió entre México y California.

Dolor y vergüenza

Despacio, como si temiera abrir algo peligroso, extrajo de una cajita desteñida una serie de viejas fotografías. Las imágenes reflejaban a una indígena coqueta, altiva, vestida con coloridas faldas y sonrisa perenne.

"Me duele mucho ver estas fotos", dice, agarrando con fuerza la mano de la reportera.

Los daños habían sido muchos y muy profundos.

"Cuando estuve encerrada dejé de sentirme mal, pensaba: ‘Así son las cosas aquí, mientras tenga techo y comida estoy bien’, pero ahora me doy cuenta que me tuvieron como un animal, trabajando para ellos y aventándome a un cuarto cuando ya no les servía", platicó en una mezcla de español con acento indígena, mientras sus ojos no paraban de llorar.

Nunca pidió nada para sus captores. La justicia, suele decir, viene de Dios y no del hombre.

Sin embargo, la agencia del FBI, ya seguía los pasos de otras tres presuntas víctimas de esa red.

Dos años de investigación y los testimonios de varias personas llevaron el jueves al arresto de Carlos del Carmen y Paula Luna Álvarez, presuntos dirigentes de la organización de tráfico de humanos y esclavitud que, según informes del FBI, trabajaba en contubernio con Lucila Martínez Juárez (la hermana de Paula) y su esposo Manuel Pérez Serón, la pareja bajo la cual Carolina vivió cautiva.

Manuel y Lucila no fueron arrestados y están bajo investigación de agencias federales, aunque se presume que ambos huyeron a Puebla, México, de donde son originarios y donde al parecer también reclutaron jóvenes campesinos.

Según informes consultados por este diario, al menos 30 personas fueron esclavizadas en restaurantes, loncheras y puestos de comida ambulantes que operaban entre San José y Modesto, a escasas cinco horas de Los Ángeles.

"Desde las siete de la mañana nos ponían a vender tamales en la calle, así hiciera frío o estuviera lloviendo; no nos dejaban descansar hasta que no acabáramos", platicó la joven indígena.

Testimonios de varias presuntas víctimas afirman que la red de tratantes recurría a los servicios de una pareja de supuestos evangelizadores del Tepeaca, en el estado de México, quienes entre sermones de Dios y prosperidad recorrían los pueblos indígenas para reclutar personas.

En otras ocasiones, indican archivos del FBI, el propio Manuel, llegaba a las rancherías de Puebla y formaba grupos de hasta cuatro personas que traía a California. Pero el supuesto negocio del grupo se vino abajo cuando el pasado jueves 12, 40 agentes federales arrestaron a Carlos y Paula, mientras dormían en su lujosa mansión de San José, valorada en casi dos millones de dólares.

Los agentes rodearon la casa. El grito de cuatro menores, al parecer hijos de la pareja, se mezcló con el miedo de otras cuatro presuntas víctimas.

"Los tenían durmiendo en la sala. Encerrados bajo llave. Creemos que puede haber más víctimas potenciales en otras casas; estamos tocando puertas, investigando a fondo", dijo tras los arrestos Alex Kobzanets, agente del FBI encargado de la investigación.

Resguardados, los rostros de Carlos y Paula denotaban coraje. No hubo lágrimas, ni señales de sorpresa, sus ojos sólo dibujaban un profundo enojo.

La misma treta

La pequeña capilla donde Carolina fue reclutada huele a flores, estiércol y pintura fresca.

Al menos tres veces al año, hasta esa iglesia, la pareja de evangelizadores llega pregonando los sueños de dinero y libertad que promete la frontera norte.

"Aquí fue donde los conocí", dijo Carolina.

En el interior de la capilla, otra mujer Amparo, madre soltera de 47 años, afirmó también haber sido invitada a "ganar billetes verdes" en California.

"A mí la hermana Mercy [la esposa del evangelizador] me ha querido pasar", dijo

"¿Qué le dijeron?", preguntó La Opinión.

"Fue una hermanita en Cristo y su esposo los que me ofrecieron todo. Me dijeron: ‘Vente, manita. Yo te pago todo, el coyote, el viaje’. La hermanita me contó que como ella ya se ‘alivianó’ allá y ya tiene mucho dinero, pues quiere ayudarme a mí. Me dijeron que me iban a pagar ocho mil al mes".

"¿Pesos o dólares?".

"Pos, no sé. Yo creo que dólares. ¿No?".

"¿Le dijeron cómo la iban a pasar por la frontera?".

"Sí. Me dijeron que por la línea, que no había peligro, que ellos conocen gente de los gringos que les hacen el paro".

"¿Y le dijeron a dónde iba a ir y si luego le iban a cobrar algo?".

"Pues creo que a California o a New Jersey, si yo quiero. La hermanita Mercy lo hace... pues porque somos hermanas en Cristo.

"¿Va a aceptar?".

"No sé ya. Dios me dirá el camino".

En silencio, con los ojos fijos en el suelo, Carolina escuchó cada detalle de la conversación. Hace tres años, ella fue reclutada por "Mercy’ y su esposo, en una oferta de trabajo que al final resultó un engaño.

"Muchas veces quisiera gritar lo que me pasó a mí. Quisiera decirles que no se vayan, que no crean nada porque las van a explotar, a abusar de ellas, pero no puedo. Me da vergüenza y le pido a Dios que un día me dé fuerzas para hablar", dice en tono desesperado.

_ "Y de ti, ¿abusaron sexualmente?".

Carolina baja su vista. Responde con un no calladito. Después levanta su cara y se queda observando el infinito. "Escuché que a una la llevaron a abortar... Eso ha de ser más feo, ¿verdad?", pregunta sin enfrentar la mirada.

A diferencia de Amparo que decidió quedarse en su pueblo, en septiembre de 2004 Carolina y otras tres muchachas de pueblos vecinos viajaron hacia Ciudad de México encomendadas por la pareja evangélica a un pollero al que apodan "El Guapo".

La carga humana

"A mí me pagan para dejarlos en Tijuana o Arizona. Esa gente seguido lleva mujeres para el otro lado y pos’ no creo que sea pa’ nada bueno. Uno le advierte a la raza y ya es cosa de ellos si se quieren ir o no", comentó "El Guapo", en entrevista.

Según este "pollero" la línea de autobuses del Istmo que conecta las comunidades aisladas de Oaxaca con la capital del estado o con grandes urbes como Veracruz y Ciudad de México son el medio para traficar humanos. Tras pagar una comisión de 500 pesos por persona, (poco menos de 50 dólares) transportan la carga humana, lo mismo en asientos que ocultos en los maleteros o en compartimientos secretos.

"Una vez se nos murió uno deshidratado porque no aguantó el viaje en el maletero, pero te obligan a llevar a la gente hasta la capital y si te niegas está en juego tu pellejo. Hasta las autoridades les tienen miedo", expresó un conductor de autotransporte.

En Oaxaca, las grandes redes y aun los pequeños grupos organizados han sembrado el miedo y la corrupción y han hecho de este estado un pueblo sin ley en donde hasta las autoridades se han convertido en parte fundamental de las bandas organizadas.

"Aprendes rápido tu lección. O trabajas con ellos o te mueres", confesó a La Opinión un agente de la Procuraduría General de la Repú blica (PGR) de Oaxaca que cubre esta zona.

Tras su llegada a Ciudad de México, Carolina fue embarcada en un vuelo directo a Tijuana. A su llegada a la frontera, no hubo largas caminatas por el desierto ni complicadas estrategias para ingresarla a EU. Sentada en el asiento trasero de una camioneta, esta indígena mexicana, pisó por primera vez el suelo americano.

"Yo siempre creí que en Estados Unidos no había corrupción, pero después de ver cómo me pasaron a mí y a las otras muchachas y de oír a mis patrones decir que uno de los agentes del Border Patrol trabajaba para ellos y toda esa imagen se me cayó. Me engañó la Iglesia, la ley... Ya no confío en nadie", expresó Carolina, mientras camina cabizbaja por las calles de su pueblo. A su paso, es difícil adivinar si el lodo o el excremento hunden sus pies.

(*) Los nombres de las víctimas fueron cambiados para proteger su integridad personal.

Mañana: restaurantes y puestos de comida atendidos por esclavos mexicanos.