SÁSABE, Arizona.— En esa vereda que custodian nopales y cactus, permanecen los vestigios de un recorrido que muchas veces lleva a la muerte.
Debajo de ese arbusto hay una lata de rebanadas de durazno que parece haber sido abierta a golpes, un par de botellas de plástico que ya no tienen agua, en la mochila no queda nada, tirados y desgarrados se encuentran unos pantalones de mezclilla, una venda muestra manchas de sangre y, al lado, unas pantaletas.
Los secos matorrales de este desierto son el refugio para los migrantes que transitan la llamada "ruta de la muerte". Ahí han quedado sus pisadas y también han quedado sus cadáveres. En 2007, en el sector de Tucson, se contaron 237 migrantes muertos.
Esas pistas, esas huellas de zapato, es lo que conduce a un grupo de voluntarios, identificados como Los Samaritanos, a ir en busca de los migrantes perdidos o abandonados por el coyote.
Casi a diario Los Samaritanos se meten al desierto a ofrecer su ayuda a quienes el extremoso clima agota.
Un grupo de reporteros participantes en un seminario del Annenberg Institute for Justice and Journalism, que auspicia la Universidad del Sur de California (USC), acompañó a Los Samaritanos el pasado sábado en su recorrido.
Durante el trayecto, rumbo a la línea divisoria con El Sásabe, Sonora, por la carretera 286, un joven sale de entre los matorrales.
Mary Goethals y Bob Kee, líderes de uno de los grupos de búsqueda de Los Samaritanos le ofrecieron ayuda y lo acompañaron desierto adentro. Ahí había otros nueve, entre ellos dos mujeres, una con embarazo de cuatro meses.
Sus jóvenes rostros reflejaban miedo y desesperación. Eran de Guanajuato y Michoacán. De unos 20 años de edad. Cansados y algunos con ampollas en los pies. Habían sido abandonados por el pollero la tarde del viernes. Habían caminado durante la noche y se resguardaban del sol y de la Patrulla Fronteriza a esa hora antes del mediodía.
"Nos dejó el pollero ayer en la tarde; dijo que iba a ir por cobijas y ya no regresó. Híjole, un frío el que pasamos, yo sentía que se me congelaban los pies", comentó uno de ellos.
Dijeron que brincaron la nueva barda fronteriza ayudados con una escalera y que iban con rumbo a Chicago. Otros a Tucson y unos más a Carolina del Norte.
Ante la imposibilidad de seguir, los migrantes discutían sobre si seguían o se entregaban a la Patrulla Fronteriza. Finalmente, decidieron esconderse en el desierto y salir a la carretera por la tarde, para ver si alguien los iba a recoger. Si no, se entregarían a "la migra".
Los Samaritanos los surtieron con agua, galletas de fibra y proteína, bebidas hidratantes y alimento. Se despidieron, agradecieron y, uno por uno, hombres y mujeres, fueron desapareciendo poco a poco entre los matorrales y ramas secas del desierto.
Ed McCullough, un profesor de ciencias geográficas retirado de la Universidad de Arizona, es ahora miembro de Los Samaritanos y de otra organización llamada No More Deaths, dedicada también a ayudar a los migrantes.
Apoyado por la tecnología satelital del GPS ha elaborado algunos mapas de las rutas que siguen los migrantes en el área fronteriza entre Nogales y Sásabe, del lado de Arizona. De esa forma, establece operativos de búsqueda para ayudarlos. Y es que, dice, es en ese sector, de 30 millas de frontera, donde más muertes se registran de la zona desértica.
"La meta es disminuir el número de muertes", dijo McCullough. "Nuestra estrategia es ir al lugar donde están muriendo para auxiliarlos, encontrar a gente que esté en problemas, gente que ha sido abandonada".
Una vez que les ofrecen ayuda, es cuestión de los migrantes si desean continuar o regresar o entregarse a la Patrulla Fronteriza.
"En este sector de Tucson, el año pasado la Patrulla Fronteriza aprehendió a 380 mil inmigrantes, más de mil por día, lo que nos da una idea de la actividad que hay", explicó el samaritano antes de partir al desierto.
John Fife es el pastor de una iglesia en Tucson que durante 35 años ha luchado a favor de los inmigrantes y también es miembro de Los Samaritanos.
"Esta comunidad está tan dividida como lo está toda la nación", comentó. "Pero, políticamente, esta área es como una especie de paraíso fuera del condado de Maricopa, porque Tucson siempre ha entendido su relación con la frontera, más que en el resto del sur de Arizona".
Arrestado en tres ocasiones bajo cargos federales de transportar y esconder a migrantes, el pastor Fife declaró su iglesia en 1982 como santuario para los centroamericanos.
Como enfermera que trabaja tiempo parcial en un hospital local, Kathleen Hampton dedica tres días a la semana a recorrer un área específica del desierto que ya conoce muy bien.
"Decidí adoptar esta área para recorrer las diferentes veredas, conocer a la gente que aquí vive y poder dar con los migrantes para ayudarlos y ofrecerles atención médica", comenta Hampton.
Ella sabe muy bien cómo seguir las pistas, lo ha hecho durante año y medio de manera regular y recuerda muy bien cuando lograron salvarle la vida a un migrante que estaba en coma.
Pero otras veces se siente frustrada. En la tienda de Tres Puntos, al terminar el recorrido con Los Samaritanos, la enfermera lee un cartel que avisa sobre la desaparición de Josseline Jamileth Hernández Quintero, una niña salvadoreña de 14 años de edad que se perdió el pasado 31 de enero. Su compañera de búsqueda, María Ochoa, le comenta que hace dos semanas la encontraron muerta.
A la enfermera se le humedecen los ojos, se quita la cachucha, con la misma se golpea fuertemente el muslo y dice con enojo: "Ella puedo haber sido una doctora, una abogada, pero ahora es nada más una estadística".








