Era de noche cuando el periodista Misael Sánchez abordaba el auto donde lo esperaba su esposa, en el patio de su casa. Giró la cabeza para encontrar la causa de los ruidos que provenían de la penumbra y… observó una silueta que le apuntaba con una pistola.
Se lanzó al piso y rodó. Sintió que las balas le perforaban la cara y las piernas mientras su esposa gritaba y lloraba impotente: su único hijo de 10 años se encontraba a sólo unos metros del lugar.
Después de la balearlo, el malhechor huyó dejando a Sánchez desangrado en su propia casa, en Santiago de Etla, cerca de la capital de Oaxaca, donde el reportero laboraba para el periódico El Tiempo.
"Me salvé de milagro", cuenta el periodista entre tartamudeos, secuelas de la agresión: perdió 12 piezas dentales y aún vive con 12 esquirlas de plomo en la lengua.
‘Me cuido’Fue sometido a cinco cirugías, aquel 11 de julio del 2007; aún cojea porque le duelen las pantorrillas remendadas.
"Me queda claro que quisieron matarme por algo que escribí, pero no estoy seguro exactamente qué: publico cinco notas diarias y al menos una de ellas es de denuncia", comenta.
Por esos días, descubrió que fue un segundo balazo —no uno solo como sostuvo la versión oficial— el que acabó con la vida del camarógrafo de Indymedia Brad Hill durante un enfrentamiento entre la policía estatal y opositores al gobernador Ulises Ruiz. También habló de la corrupción policíaca con el crimen organizado.
"Ya no vivo tranquilo, pero tengo que trabajar para vivir… así que no me queda de otra que cuidar mucho lo que digo", comenta.
Zona de alto riesgoPor su parte, el director de El Tiempo, Wenceslao Añorve, reconoce censura algunos temas: "Todos los periodistas en Oaxaca estamos amenazados, en la mira del poder estatal, de los policías, de los caciques y ahora hasta del narcotráfico, un problema más reciente".
Oaxaca es una zona de alto riesgo para los periodistas: tan sólo este año se contabilizan dos muertes: la de Teresa Bautista Flores, de 24 años, y Felicitas Martínez, de 20 años, ambas trabajadoras de La Voz que Rompe el Silencio, una emisora de la comunidad indígena Trique, que tuvo lugar en la localidad de Putla, galardonadas post mortem con el del Premio Nacional de Periodismo 2007 en el área de Orientación y Servicio a la Sociedad.
El más mortíferoLa lista de ejecuciones tiene una suerte similar en el resto del país. De acuerdo con la organización internacional Reporteros Sin Fronteras, desde el año 2000 murieron en México 35 periodistas y desaparecieron otros siete.
En el 2006, México ocupó el segundo lugar a nivel mundial como el lugar más mortífero para los comunicadores con nueve asesinatos y tres desapariciones, según la lista de la organización internacional Reporteros Sin Fronteras (RSF).
En 2007 ocupó el primer sitio en el continente con dos muertos y tres desaparecidos.
"Claro que estoy acobardado, ¡quién no estaría!", dice Roberto Cuitláhuac Villar, editor de la sección policíaca del periódico Tabasco Hoy. El año pasado recibió un paquete sospechoso, que resultó ser una heladera que contenía una cabeza cortada.
Villar fue quien autorizó la publicación del primer reportaje sobre las bandas que controlaban el narcomenudeo en Villahermosa, capital de Tabasco. El autor, Rodolfo Rincón Taracena, fue desaparecido el 20 de enero, al día siguiente de la impresión del artículo.
"Mateo Díaz, líder local de los Zetas —sicarios del Cártel del Golfo— llegó para operar el tránsito de droga en la zona del sureste y luego inició por su cuenta la venta de droga en todas las colonias de Villahermosa, eliminó a sus bandas rivales y se apoderó del narcomenudeo, desde entonces esto es un infierno", describe Villar.
Revelar esto tuvo un precio alto: nunca más se le volvió a ver al autor y Tabasco Hoy jamás volvió a tocar el tema de los Zetas, ni del narcotráfico a menos que sean boletines previamente redactados por la Procuraduría Estatal de Justicia.
‘Ya no investigamos’"Para protegerme cambio de rutas y horarios: uno nunca vuelve a ser el mismo", concluye el editor de Tabasco Hoy.
Ramón Cantú, director ejecutivo del diario El Mañana, en la fronteriza ciudad de Nuevo Laredo, Tamaulipas, lamenta que desde hace tres años, los reporteros estén limitados de investigar las causas de los asesinatos en la zona.
"Ya no investigamos cuáles fueron los móviles, los cárteles que intervinieron, rencillas, nombres… sólo hechos que van a interiores, nunca en primera plana", puntualiza. "La vida es más importante y Nuevo Laredo es más que narcotráfico".
Las medidas se tomaron porque en 2004 fue asesinado Roberto Mora, un redactor del periódico y dos años después un par de sicarios incursionaron en la sala de redacción, lanzaron un granada y dispararon a diestra y siniestra con fusiles AK- 47. Un periodista quedó parapléjico tras ser alcanzado por una bala.
En febrero de 2006, el gobierno federal creó una fiscalía para atender los delitos contra periodistas, empero, hasta la fecha no ha esclarecido ningún caso.
Jorge Chabat, analista especializado en temas del narcotráfico, considera que el Estado no tiene la capacidad para dar protección: "la estructura de complicidades lo impide y los periodistas están en manos de cualquier poder que se sienta amenazado, sea gobierno o crimen organizado".
Algunos medios como el Semanario Zeta de Tijuana —cuyo fundador, el ya fallecido Jesús Blancornelas, sufrió un atentado por parte de gatilleros del cártel de los Arellano Félix— intentan reducir los riesgos de meterse con el crimen organizado.
"Consultamos los temas con abogados y los datos los corroboramos hasta con cuatro fuentes: si alguna contradice a la otra no publicamos el reportaje… por lo demás no nos detenemos, la información fluye", asegura René Blanco, de 36 años, actual director de Zeta, hijo del fundador.
¿Teme alguna agresión? "No. Ya estoy acostumbrado desde que mi padre tenía que andar con guardaespaldas. Yo ahora voy solo, igual que mis compañeros, saco cuentas de que si quisieran matarme ya lo habrían hecho… ¿qué más puedo hacer?".









