SAN FRANCISCO.— Agentes de inmigración entraron en una casa particular de San Francisco el pasado 11 de septiembre y arrestaron a seis inmigrantes indocumentados en algo que los residentes ven como la prueba más reciente de que esta no es más una "ciudad santuario".
"Dicen que esta es una ciudad santuario, pero nos están echando como si fuéramos basura", dice Freddie Herrera, de 21 años, quien estaba en medio de la cena con su familia cuando escuchó que tocaron el timbre.
Pero Lori Haley, una portavoz del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, sostiene que "El ‘santuario’ no afecta los esfuerzos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) de hacer cumplir la ley de inmigración".
Haley agrega que "los oficiales de ICE han hecho el juramento de hacer cumplir la ley federal".
Jamal Dajani, presidente de la Comisión de Derechos de los Inmigrantes de la ciudad, no está de acuerdo. Él califica los arrestos de este mes como "una total violación de la ordenanza que define a la ciudad como santuario. Esta es exactamente la razón por la que se creó la ordenanza de Ciudad Santuario", afirma.
En 1989, San Francisco pasó la Ordenanza de Ciudad Santuario que prohíbe a los empleados municipales ayudar al ICE con los arrestos de inmigración, a menos que sea requerido por ley federal, ley estatal o una orden judicial.
El hecho de que los agentes del ICE entraran en una residencia privada con nada más que una orden de deportación es "totalmente diferente" a entrar con una orden judicial debido a un crimen, dijo Dajani. "Están entrando en casas particulares, lo que quiere decir que la ciudad no puede proteger a sus propios residentes".
"Si esto es permitido", añade Dajani, "básicamente pone fin a cualquier tipo de discusión sobre ciudades santuario — ya sea San Francisco o Nueva York".
Julia Harumi, una abogada que trabaja en Union Americana de Libertades Civiles (ACLU), dice que su organización ya ha observado anteriormente incidentes que involucran a agentes del ICE, en los cuales entran a las casas sin consentimiento. "Si ellos no tenían sospechas razonables de que los residentes eran indocumentados", dice, "entonces detenerlos infringiría la Cuarta Enmienda".
Los agentes que llegaron a la puerta del hogar de Freddie Herrera, en San Francisco, eran miembros de las Operaciones para Fugitivos del ICE, una unidad dedicada a localizar, arrestar y retirar a personas con órdenes de deportación pendientes.
"Uno de los residentes abrió la puerta y los agentes encontraron a la persona que estaban buscando, así como a otros dos que también tenían órdenes de deportación pendientes", dijo Haley.
SÓlo en Dios confíanJilma Herrera (la hermana de Freddie Herrera), Carlos González (el cuñado de Herrera) y Roxana Cuellas, están actualmente detenidos por ICE en Arizona, y queda pendiente su deportación a Honduras.
Los otros tres inmigrantes indocumentados, Freddie Herrera, Eufemia Pineda y Ana Ruth Quintanilla no tenían órdenes de deportación pendientes y fueron puestos en libertad con dispositivos de monitoreo electrónico en sus tobillos.
Pineda, de 34 años, dice que llegó a su casa a las 6:30 p.m. y encontró a los agentes de inmigración en su sala.
"Lo primero en que pensé fue en mis niños", dijo Pineda, que vive en la casa con otras nueve personas y con su marido, Roger Omar Cruz, de 41 años, y sus dos niños, Daniel, de 7 años, y Keren, de 2 años.
Pineda, una cuidadora de niños que ha vivido en San Francisco durante nueve años, abraza a su hijo y lo acerca a ella. "Gracias a Dios porque mis niños no estuvieron ahí", dice. "¿Qué hubieran pensado si vieran que me están arrestando?".
Mientras estaban siendo detenidos los seis inmigrantes, que son evangelistas devotos, rezaron juntos. "Mi prima Jilma empezó a hablar en lenguas", recuerda Pineda. "Fue la presencia de Dios. Y le dijeron que se callara".
Pero Pineda dice que su fe la hizo aguantar la situación. "Sentí una fuerza sobrenatural que solamente Dios podría dar", dice. "Sabemos en lo que creemos".
‘No somos criminales’Ana Ruth Quintanilla, de 26 años, que se mudó a San Francisco hace dos años, dice que los seis inmigrantes fueron puestos en una fría celda. "Yo les dije: ‘No somos criminales’, y le respondieron: ‘Tu crimen es estar aquí’", recuerda.
"Pero estoy aquí por necesidad", explica Quintanilla, que está manteniendo económicamente a sus niños en su país. Quintanilla trabaja como cocinera en Burger King, y envía dinero todos los meses a sus tres hijos, de 10, 8 y 4 años de edad, que viven con su padre en El Salvador.
Su prometido, Osmín Ortiz González, de 30 años, no estaba en casa cuando los agentes llegaron. Él dice que lo único que les ha permitido sobrellevar este difícil momento es su fe. "Somos extranjeros en esta tierra", dice, "pero Dios está aquí con nosotros."
El marido de Pineda, Roger Omar Cruz, de 41 años, que trabaja en una compañía de mármol, dice que cree que Dios impedirá que todos ellos sean deportados.
La noche siguiente a la incursión, la familia se reunió con el resto de su familia y amigos. Su pastor, Abel García, hizo una oración con todos y cada persona rezó en voz alta para quedarse en este país y no ser separados de los miembros de su familia.
Herrera, Pineda y Quintanilla comparecerán ante un juez de inmigración que determinará si serán deportados o si les permitirán quedarse en el país. Hasta entonces, ellos deben llevar puestos unos dispositivos de monitoreo electrónico, aunque ninguno de ellos tiene antecedentes penales. No se les permite salir de San Francisco. No pueden salir de la casa antes de las 6:30 a.m. y deben estar de regreso en casa antes de las 11:30 p.m.
Herrera levanta la pierna para mostrar el grillete en su tobillo. "Es un iPod", bromea. "Es para escuchar música".
Quintanilla no sabe cuánto tiempo tendrán que llevar los grilletes en el tobillo.
"Esta es una experiencia horrible que nunca olvidaré", dice. "Sólo estoy esperando que vengan los oficiales de ICE. Es como una cruz que tengo que cargar".
Herrera tiene un consejo para otros inmigrantes en la misma situación: "No abran la puerta a nadie a quien no conozcan", advierte.






