Todavía no lo son, o no lo saben todavía: es que estamos, aunque no parezca, sólo al comienzo del ciclo económico. Éste, que algunos llaman recesión, repercute por todas partes. Desde el inescrutable incremento en los precios del combustible, azuzado por una especulación sin precedentes y a ojos vista, hasta el derrumbe del ramo de hipotecas fáciles y por lo mismo engañosas, pasando por un ignominioso aumento en los precios de los alimentos básicos, la crisis abarca a todos y parecería que no perdona a nadie.
Pero no es así; no perjudica por igual. Donde unos pocos se benefician y enriquecen, quienes acusan lo peor del golpe son los ya golpeados.
A ellos se les comienzan a agregar los nuevos pobres de Los Ángeles, los que eran de la clase media. Los de casa recién comprada y cuenta de ahorro inaugurada y chicos en el college. Al menos la mitad son hispanos, muchos de ellos inmigrantes y una cantidad indeterminada personas sin papeles: ya sin protección ni representantes.
El fantasma de la inflación —técnicamente la superabundancia de circulante pero en la práctica el descontrol de los precios al consumidor— se ha corporizado ya, aunque los índices oficiales no lo reconozcan.
¿Cómo comprender lo que se les viene encima, lo que para muchos no es ya la amenaza del futuro sino el maleficio del presente?
Pues con el ejemplo del pasado, con las lecciones de la historia. Especialmente, en lo que se llamaba el Tercer Mundo, al que nos vamos pareciendo.
Cuando la vida se vuelve cara se encoge la clase media. El valor de la fuente principal de su valor financiero aquí, sus casas, baja vertiginosamente. Para reducir el consumo, renuncian a algunas vacas sagradas: el SUV, viajes a Las Vegas, tenis de 120 dólares, el WII. Algunos descubren el transporte público, aunque teman, como dice un lector, que estén repletos con "ilegales, bebés y pandilleros". Esto podría cambiar la cultura angelina: hoy, menos del 15% utiliza el transporte público, comparado con el 53% en Nueva York.
Pero también están los otros, a quienes no les alcanzaba incluso antes de la crisis, quienes no perdieron empleos porque no los tenían, para quienes la opción del ahorro no fue nunca un automóvil eléctrico de 53 mil dólares ni un Prius de 25 mil, sino ya no reparar su vieja camioneta o su casa. Los remaches caseros crean la estética de lo reparado a golpes.
Y así va y crece con ellos la economía informal, donde el Ingenio y la Improvisación son los reyes, en un reino sin regulaciones ni inversiones de capital ni becas ni garantías. En este remolino entran mujeres que venden enseres en la vereda de la calle Sexta, o pregonan la venta de fresas o tamales o agua de coco casa por casa. O cuentapropistas que venden conchas que alguien trajo de El Salvador. Cuidadoras de niños, limpiadoras de casas, buscadoras de trabajo "encerrado". Venden productos de Avon o perfumes o joyas de oro que compraron de otros, en redes verticales también informales.
Los hombres sin educación ni oficio tienen menos opciones. Algunos ya se sientan en la esquina junto con otros jornaleros. Se hacen jardineros, lavacoches, mecánicos esquineros.
Ante el encarecimiento del transporte, más gente trabaja en su casa en "telecommuting"y videoconferencias. Pero no quien no maneja el inglés ni la computadora ni sabe vender.
Las oportunidades paulatinamente se resquebrajan: una sociedad que no compra tampoco vende.
A estas horas, las campanas deberían estar repicando para llamar a agruparse. Los grupos sociales convocando para actualizar prioridades. Las luces en los últimos pisos de los edificios de gobierno encendiéndose toda la noche en busca de soluciones. No es demasiado tarde.







