A cada paso que avanza entre el fuego, Ana Arredondo piensa en sus hijos, sabe que cada vez que se enfrenta a las llamas es una posibilidad de volver a estar pronto junto a ellos.
Ana es parte de los más de 1,500 reclusos de California que desde hace más de 72 horas luchan contra los incendios forestales que han azotado el estado.
Su trabajo es abrir camino para que pasen los bomberos, una labor que requiere cargar sobre sus espaldas hasta 60 libras y por la que recibe un dólar al día, un salario que aunque raquitico se recompensa con la promesa de que su sentencia sera reducida.
Los músculos le tiemblan, hace más de 24 horas que no duerme y su cuerpo huele a cenizas, pero Ana está feliz. Gracias a ese trabajo su sentencia se ha reducido y ahora cuenta con la oportunidad de poder empezar una carrera como detective de incendios, uno de sus grandes sueños.
"Nunca pensé que por hacer algo malo iba a terminar aprendiendo algo bueno. Mis hijos están orgullosos de mí y eso ha llenado mi vida", dice.
Arredondo es parte del equipo de reclusas bomberas del campamento Rainbow, uno de los tres centros en el estado que cuenta con mujeres especializadas en apagar incendios. "Ellas hacen el mismo trabajo que un hombre. No hay consideraciones especiales por ser mujeres", dice el teniente Raymond Villa, encargado de las cuadrillas de rescate con 606 reclusas activas.
Junto a estas mujeres, muchas de ellas indocumentadas que deberán enfrentar orden de deportación, otros mil hombres prisioneros también contribuyen a apagar las llamas. "Están entrenados como cualquier otro bombero, pero tristemente no reciben el mismo reconocimiento aunque ellos arriesgan más su vida porque su única defensa es el conocimiento que llevan en su cabeza", detalló Norm Taylor, director del campamento de reclusas bombero de la cárcel de mujeres de Corona.







